En las lindes del fin

Recuerdo bien la primera vez que te escuché. Fue a comienzos de 2013. En un programa de radio, tocaste en directo “Simulacro”. Me desgarré como pocas veces me ha pasado con una canción o cualquier otra pieza artística. La letra — un indudable poema — era magnífica, y la música no se quedaba atrás.

Pasaste a ser mi cantautor de cabecera. Cada vez que te oía “temo haberme pasado la vida reuniendo el valor que me falta”, no podía evitar que algo me temblara dentro.

Y el mayor hallazgo posible fue ir a uno de tus conciertos (Carballo, 2016), escucharte en directo y conocerte, aunque haya tenido que ser de manera tan pequeña y torpe. Te regalé mi último libro, en el que te mencionaba, charlamos un rato; me convertí más, si cabe, en una incondicional de tu música. Año y medio después (Pontevedra, 2017) volvía a verte en concierto, volvía a regalarte un libro mío — en el que volvía a mencionarte — , volvíamos a hablar, volvía a entusiasmarme, volvía a ser un hallazgo todo lo que te atañía.

Mientras, yo siempre he vuelto a tu música. Tus letras, un golpe de realidad con un barniz irónico, en el fondo son de lo más vitalistas: y, gracias a ellas, he temido vivir un simulacro, y me he lanzado, como Cortés, a quemar naves. Me he estremecido con los salmos antiguos rescatados de la infancia, con no poder decir si somos arcángeles u hombres. Con ese octubre que anticipabas con pereza, doblando ropa de entretiempo, y en el que habrías cumplido un año más.

Desde que se murió Leonard Cohen, una pregunta rondó en mi cabeza: desde dónde cantará ahora que se ha ido. Hoy, a mi pesar, sé la respuesta: cantará desde donde tú también lo hagas. “Take this waltz” o “Las mujeres de este mundo”, es lo mismo. Estará sonando un vals con vuestras palabras y vuestra voz, allí donde la música es eterna.

Alguna vez te escuché decir que ibas a la búsqueda de la canción perfecta, de ‘esa canción’. Ojalá te haya dado tiempo a crearla, aunque, para mí y para muchos, todas tus piezas ya son siempre esa canción.

Y, aunque permanecerás imborrable en la poesía y en la música, qué difícil esto, cómo faltan los adjetivos — como si todos te los hubieras llevado para ese inolvidable “Niño futuro”. Ahora, cada vez que te escuche, sentiré aquel desgarro pero, a diferencia de hace siete años, éste lo será de verdad.

Que la vida no era un simulacro, querido Rafa, ya lo sabíamos sin necesidad de que te fueras.

Cuatro apuntes y un sendero bifurcado

Cuatro apuntes y un sendero bifurcado

  1. Sobre el ruido. El ruido en las redes sociales y en los medios de comunicación ha llegado a niveles muy altos. Igual que en las inundaciones escasea el agua potable, la avalancha de supuesta información se lleva por delante todos los atisbos de verdad. Hacía tiempo que no me costaba tanto escribir como en este momento. Poner en orden el pensamiento, sobre todo, teclear alguna reflexión coherente, algo que ataña a lo que está sucediendo. Más que nunca, todo el mundo parece tener una opinión. Salen de debajo de las piedras descendientes de inquisidores o de miembros de la Gestapo. Normalmente, tenemos recursos para escapar de ese ruido: en mi caso, me salva salir a correr y reconciliarme con mi cuerpo y el mundo, pasear y darles los buenos días a los pájaros. Pero en este momento no puede hacerse. Sólo una reclusión todavía mayor, evitando caer en las garras de internet en lo posible, ayuda a mitigar el ensordecimiento, alejarse del muladar a base de decibelios vacíos de una locura colectiva.
  2. Sobre el colapso. Podríamos entender esta situación como un simulacro ante el colapso ecosocial que se nos viene inevitablemente encima. Un simulacro en el que pudiéramos aprender algo sobre cómo actuar. Pienso en el colapsar mejor de Jorge Riechmann. ¿Estaremos a tiempo de colapsar mejor? ¿Podríamos sacar algo en limpio de esta crisis? Lo cierto es que el confinamiento puede servirnos para valorar — si antes no lo hacíamos, o más si cabe si ya lo teníamos en cuenta — lo esencial: un paseo, una conversación, la naturaleza, un abrazo. Apreciar la harina mientras dejamos otros elementos en el cedazo: advertir que no es imprescindible subirse a un avión para reuniones que pueden solventarse por llamadas o videoconferencias. Advertir que buena parte de los turistas en el mundo no repiten hasta la saciedad más que una versión sofisticada de grabar en el pupitre o en un árbol “Fulanito estuvo aquí”: para salir dándole la espalda a lo que, en teoría, buscamos contemplar, no hace falta seguir masacrando el medio ambiente. Advertir que ya no habrá vuelta a la normalidad, que aquello a lo que llamamos normalidad no era más que una alucinación de la que masivamente fuimos partícipes. Progreso. Crecimiento. Ja. Podemos progresar pero, si nos dirigmos hacia un abismo, nos despeñamos. Y el abismo iba a llegar, o va a llegar si es que no estamos ya en él: como ese personaje de dibujos animados que se queda suspendido en el aire, segundos antes de caer definitivamente, buscando con desesperación el suelo que ya ha quedado detrás.
  3. Sobre la ¿oportunidad? No seamos ingenuos. Me encantaría que se cumplieran las previsiones de Žižek, pero esto no supondrá ningún golpe al capitalismo. Al menos la inercia no será ésa. Si no se hace ninguna presión desde abajo, esta situación, precisamente, les permitirá a las élites legitimarlo aún más si cabe. Hablaba Byung-Chul Han, también estos días, de algo que me parece clave: frente a las gravedad de la pandemia en bastantes países de Europa, o el terror que se avecina en EEUU, China se va a erigir probablemente como modelo de sociedad que logra aplacar con éxito una situación de este tipo. Podrá exportar su modelo de hipercontrol, basado en las cámaras de vigiliancia que proliferan como moscas, la inteligencia artificial que posibilita el reconocimiento facial y la geolocalización, entre otros medios tecnológicos. Independientemente del origen del SARS-CoV-2 — que, por los estudios realizados hasta ahora, parece haber aterrizado fortuitamente en el ser humano — , no puede descartarse que, en un futuro no muy lejano, algunos sujetos decidan diseñar en el laboratorio virus similares cada cierto tiempo, de manera que entremos en un bucle de pandemias: y poco a poco nos quieran más dóciles, más controlados. El terror hacia algo invisible es el sueño de quienes ambicionan someter a la población y acrecentar sus privilegios. No tenemos mucho margen de maniobra: la tendencia será una grave depresión económica, recortes, merma del estado de bienestar. Y alguien que no llega a fin de mes ¿podrá pensar en el fin del planeta, en el cambio climático? Esto no pinta muy bien. Por ello llamar a esta situación de oportunidad me parece desde cándido hasta negligente. Si teníamos el agua al cuello, ahora está en la barbilla. Como dice la canción de Muse, Time is running out. El tiempo estaba agotando, y en esta crisis del coronavirus hemos pasado de 33 a 45 revoluciones. Nada más.
  4. Sobre política. En estos días he leído, entre otras cosas, el ensayo de Christophe Guilluy titulado No society. El fin de la clase media (Taurus, traducción de Ignacio Vidal-Folch Balanzo). Lo empecé casi al azar — todo sea por no desnutrirse de libros en este encierro — y ha resultado muy pertinente para el tiempo que vivimos. Entre otras cuestiones, realiza una crítica a la izquierda (la izquierda con representación parlamentaria) que yo también llevo rumiando desde hace unos a
    ños: la izquierda de la burguesía, de los universitarios, de las élites, está demasiado alejada del pueblo. Habla otro lenguaje, hay una falta total de empatía por ambas partes. Si una persona desempleada en el rush belt americano tenderá a identificarse más con las bravuconadas de Donald Trump que con Bernie Sanders — o, por supuesto, la tecnócrata Hillary Clinton — , aquí sucede algo análogo. Es un proceso global: la extrema derecha conquista territorios donde la izquierda ha desertado o que, directamente, con la mayor de las arrogancias — e ignorancias — , no le interesa. ¿Puede la izquierda — PSOE, y sobre todo UP — reinventarse? ¿Puede llegar a ese porcentaje considerable de población que ya no confía en los políticos, que dice que todos son iguales? Estamos en un punto de partido y lo esperable es que no tengamos la suerte del protagonista de la peli de Woody Allen. Lo esperable es que perdamos el punto y el partido. Pero quiero creer que los políticos de izquierda — que, no olvidemos, están ahora mismo en el poder, y pueden equivocarse pero también, incluso, tomar buenas decisiones — al menos lucharán este punto. Porque es su (nuestro) último punto. El péndulo irá al otro lado, y sabemos por experiencia de la crisis anterior que los recortes siempre son recortes, pero no son siempre iguales según a quien le corresponda hacerlos.
  5. Y un sendero bifurcado. Primero, tenemos que salir de ésta. Partimos de pocas certezas, pero algunas sí que hay, sí que podemos intuirlas. Por ejemplo, que el mundo a partir de ahora será distinto, que será imposible — e indeseable — volver a la normalidad, da igual que lo pretendamos o no. Que se acerca una recesión, que dirán que los recortes son inevitables, que es el precio que nos ha tocado pagar por la lucha sanitaria y el confinamiento necesario. Pero, cuando menos, podemos elegir dos caminos. El primero de ellos, el más fácil a primera vista, el de la inercia, es aceptar el discurso neoliberal dominante: y seguir montados en el ecocidio, seguir destruyendo el planeta a la vez que menguan nuestros derechos, bienestar y libertades. Pero hay otro camino. El camino de valorar lo importante, como esos placeres simples que enumeraba antes y que durante este tiempo de encierro tanto anhelamos. Y aproximarnos a la naturaleza. Abrazar la solidaridad, fortalecer los vínculos. Destruir el capitalismo erigiendo desde la base otras formas más humanas y menos antropocéntricas de relacionarnos. Demostrar. Ser honestas con nosotras mismas y los demás. Confiar, construir. Sabiendo en todo momento que esto no es una oportunidad de nada. Pero sabiendo, a la vez, que el horizonte está oscuro pero no del todo, que aún podemos salvar el planeta y, de paso, salvarnos como especie. Como una especie más, igual de frágil y de prescindible o no que las otras. Recordemos: los árboles recobran estos días sus hojas, los pájaros siguen con su canto. Ellos siguen. Ahora nos toca aprender a seguir — con ellos, sin darles más la espalda — a nosotros.

Suceder mejor

Suceder mejor

Jimmy Liao

“Casi nunca suceden cosas”. Esto aparece en las primeras páginas de Sobre héroes y tumbas, en el diario de Bruno. Una frase tan simple, tan anodina en principio. Pero la subrayé. Porque era un eco de lo que con frecuencia resuena en mi cabeza: nunca pasa nada. En la novela de Ernesto Sabato por supuesto que suceden cosas, y la mayoría de personajes -por no decir todos ellos- preferirían no haber vivido ninguna de esas peripecias. Y es que, cuando decimos que nunca ocurre nada, no estamos añorando que lo horrible irrumpa, por muy extraordinario que pudiera ser. Habría que matizar: nunca sucede nada bueno. Al fin y al cabo, quién cambiaría su normalidad insustancial por la tragedia.

Pero siempre hay matices. Y el tedio del no hacer nada con frecuencia desemboca en la frustración. Así que ¿no sería más sensato frustrarse por lo que se ha intentado hacer -y falla o no es posible- que por no atreverse a hacer absolutamente nada? Lo cierto es que, según pasa el tiempo, tenemos más miedo a las consecuencias. A hacernos daño. A hacérselo a los demás. A lo que piensen de nosotros. Etcétera. Algunas personas le llaman a esto madurar. Pero no es más que pudrirse. Una involución que casi todos sufrimos. La coraza del escarabajo se acaba revelando en el frágil disfraz de una oruga. Y cada vez las posibles metamorfosis quedan más lejos. Hace unas semanas, por un determinado motivo, volví a sentir el fracaso. Un fracaso distinto al de los últimos tiempos. En mi diario escribí algo así: estoy acostumbrada a los muros, a saber que están ahí y ya casi no duelen, pero ahora es el dolor de intentar -con total imposibilidad- escalarlo. Fail better. Lo que hice fue fracasar mejor. Fue lo que escribió Samuel Beckett pero me olvidaba. Lo llevo tatuado en mi brazo izquierdo y aun así me olvidaba. Cuando me di cuenta de que ese dolor nuevo me hacía sentir viva, sonreí. Hacer que sucedan cosas. Fracasar mejor. Y es que nunca sucederá nada acomodada en la costumbre de fracasar tan mal.

Por lo demás, suceden cosas, sí. Aunque a veces puedan pasarnos casi desapercibidas. Encuentros inesperados con personas maravillosas. El brillo en los ojos de alguien a quien quieres aunque no puedas tocar. Un perro que celebra alzando el rabo y un ladrido feliz volver a verte. Una bandada de pájaros serigrafiando el cielo. Un anochecer que exhibe la paleta de colores del mundo. Las palabras exactas que irrumpen en el libro que tienes en las manos. Un paseo entre árboles al lado del río. Una canción que horada dentro todos tus diques. Un abrazo. Una carcajada. La hora de dormir y una almohada y el tacto de las sábanas limpias.

Sí suceden cosas, en definitiva. El problema es que tal vez no siempre sucedamos nosotros. Y algo se podrá hacer, ¿no? Fracasar mejor, por supuesto. Pero también: suceder mejor.

Poética de vida a lomos de un caballo

Poética de vida a lomos de un caballo

Detalle de la cubierta del Ghosteen (2019), álbum de Nick Cave & The Bad Seeds

Es más fácil el hallazgo en la escasez que en la desmesura. Y son tiempos de desmesura, en todos los ámbitos. En esta ocasión haré zoom en la música. Escucho de media varias horas de música diaria, una mezcla ecléctica, un cóctel tal vez indigesto. Casi todo acaba pareciéndome prescindible. Lo que en principio no es prescindible, casi siempre al final termina también siéndolo.

Y solamente son perlas que aparecen cada cierto tiempo en el buceo, tras meses o años de vacío, piezas como “Chelsea hotel” o “Hallelujah” de Leonard Cohen, “One way night” de Metro, “Codex” o “True loves wait” de Radiohead o “Simulacro” de Rafael Berrio. En casi todos estos casos recuerdo la primera vez que las escuché. Ese acontecimiento (Badiou), ese relámpago sin toma de tierra posible. De lo que estoy segura es de que he llorado con todas ellas. Deseo poder seguir haciéndolo.

Hace un par de semanas sumé, felizmente, otra más a la lista. “Bright horses”, del último disco de Nick Cave y sus ¿malas? semillas. Contiene tres estrofas: sobre la ilusión, sobre el desengaño y sobre la esper(anz)a. Tres estrofas como un tríptico de vida.

La primera estrofa funda la utopía. Un mundo de caballos de luz que galopan con sus crines de fuego. Un mundo donde los caballos de luz brotan de esa mano que se toma y que a la vez es la que sostiene el mundo. Un mundo donde todo está bien. De hecho, demasiado bien.

Porque la Arcadia se rompe, se corrompe. Vamos a la segunda estrofa. “And everyone has a heart and it’s calling for something”. Un verso tan sencillo como necesario. El verso que a mí, no sé todavía bien por qué, me produce más emoción de toda la pieza — probablemente, algún asunto subconsicente que con el tiempo y la rumia descifraré. Casi siempre estamos sordos para los corazones de los demás, y también para el nuestro. Corazones que reclaman algo y tienen derecho a fantasear. ¿Es que no podemos soñar con caballos de luz? ¿Es que no podemos soñar con la mano que necesitamos? “And we’re all so sick and tired of seeing things as they are”. Porque tanta realidad hace daño. Nos hacemos daño en la caída perpetua, constante. Como decía Huidobro en Altazor, “la vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Estábamos soñando con pastos y caballos de luz, pero caemos. Porque “horses are just horses”, “fields are just fields”. Porque estamos solos y ni siquiera “there ain’t no Lord”. Apenas soñamos con siluetas que el tiempo no disuelve. No hay mucho más.

Pero cambian los acordes, suenan de nuevo los del principio: llega una tercera estrofa que suena a síntesis (no lo había pensado, pero hasta puede explicarse a Hegel con esta canción; curioso). ¿Qué queda? La espera. Y a veces hasta la esperanza. “The world is plain to see” pero esperamos a esa persona que llega en el tren. La espera. Esperar, dice Andrea Köhler en su maravilloso ensayo El tiempo regalado, es “nuestra primera práctica en el pensamiento utópico, en la resistencia contra las imposiciones de un mundo que diseñan otros”. Hay resistencia en la caída. Caeremos, sí, pero al menos desplegaremos las alas. A la vez que los caballos siguen galopando en esa espera. Y ese sonido del tren acercándose. En palabras de Jorge Riechmann, “no puede nunca lo humano ser predicción, sino solamente promesa”. Tenemos como certeza la promesa. No hay mucho más, “it’s hard to explain”. Porque esperamos lo inesperado, y hasta a veces lo inesperable. Y decimos a pesar de que no podemos, no sabemos decir.

Son sintomáticas las dos progresiones de acordes (do menor, si ♭, mi♭, la♭ y la♭, mi♭, do menor, si♭): ninguna de ellas termina en el acorde de tónica, sino, tomando como referencia el modo menor, en los acordes de subdominante y dominante, respectivamente. No hay conclusión, no se resuelve nada: con cierta inexactatud, en la acepción musical de resolver, y sobre todo y de forma exacta en la acepción de la vida. Nada se resuelve. Seguimos. Seguimos y casi siempre los caballos serán sólo caballos. Lo sabemos. Pero recordaremos el galopar de los caballos. Porque los soñamos. Porque hasta es posible que, alguna vez, en algún lugar y de algún modo, sí que hayan existido.

La serie de moda se llama Greta

La serie de moda se llama Greta

Foto: Anders Hellberg

Tras Juego de tronos, Chernóbil o La casa de papel, ha llegado el relevo. Todos hablan de ella. Unos, los menos, la califican de excepcional, de inteligente, de necesaria. Otros apenas la consideran nimia, risible o anecdótica. Sin embargo, la opinión de la mayoría encaja dentro de un entusiasmo contenido. Me gusta pero. Que las puestas en escena son sobreactuadas, que tienden a lo histriónico. Que el vestuario no está muy cuidado, que parece demasiado infantil. Que le falta algo de humor o ironía. Que a saber qué hay detrás y qué pretenden quienes sean que manejan los hilos. Pero todos tienen algo que opinar —faltaría más, en plena era de la comunicación — y no hay muro o timeline que no hable de ella. Porque nadie resulta indiferente ante Greta, la serie de moda.

En cuanto a mí, lo cierto es que ya empiezo a sentirme igual que Greta Thunberg: profundamente enfadada. Me dan ganas de ponerme a un micrófono y empezar a disparar: “pero vamos a ver, ¿es que Greta es una serie?, ¿es un libro?, ¿es el plato estrella del último restaurante de moda?, ¿es la obra más controvertida de la nueva edición de ARCO y tenemos que debatir si se trata de arte o no?” Como ella diría: how dare you. Porque entonces, si no estamos juzgando una obra o producto, ¿por qué se la evalúa con criterios estéticos? ¿Por qué nos quedamos en la forma? Estoy de acuerdo en el fondo pero. ¿Qué pasa, que lo correcto y lo bien visto es adoptar una actitud hipócrita? ¿Tiene que poner, aunque sea a la fuerza, una sonrisa? ¿O lo que nos falla es que no podemos sexualizarla?

Foto: Anders Hellberg

También es posible que, después de tantas mentiras, ya no sepamos discernir entre realidad y ficción. Ahora que tan de moda se ha puesto hablar del relato, parece que existe una verdad por cada relator. Una verdad personalizable, una verdad a la carta, una verdad vacía. Es decir, un triste holograma. Tal vez es que Thunberg sea anacrónica para la posmodernidad, y haya que desempolvar de los anaqueles a Alain Badiou y su concepto de acontecimiento. La política es, al menos potencialmente, uno de los cuatro prodecimientos de verdad (los otros tres son el amor, el arte y la ciencia). Y no sé con qué ojos se puede juzgar a Greta para no apreciar que en ella hay, efectivamente, verdad. Por lo que conozco sobre el síndrome de Asperger, y conozco bastante, yo la veo a ella, veo por ejemplo su intervención en la ONU, y estoy convencida que no hay nada impostado o falso en su mensaje. Lo que veo es que, en su temblor, en su emoción, está creando un acontecimiento. Pero supongo que éste es un mundo donde la palabra verdad es cada vez más mentira y, si sucede un acontecimiento, la mayoría pasa de largo.

Otra de las príncipales críticas que he escuchado estos días es la de quién estará detrás. Sí, podría estar el magnate Soros, y demás intereses oscuros. De hecho, ya hay certezas turbias, como que el barco en el que viajó se lo patrocinase un banco suizo, BMW y la familia real monegasca. Entiendo que haya quienes decidan hurgar por esa vía; de hecho, a mí también el viaje en velero patrocinado me parece una metedura de pata, por no decir un error. Pero ¿acaso los demás somos perfectos? ¿Acaso yo no me equivoco, no nos equivocamos todos? ¿Puede ser capaz con 16 años de mantener un discurso fundado y coherente sobre el cambio climático y a la vez ser perfectamente consciente de todo lo que se mueve en su entorno? No es una diosa griega, no es una heroína de la mitología ni de Marvel. Es una persona que se equivoca y que es imperfecta como todas, independientemente de cuál sea su edad.

Me da la impresión de que se le escapan muchas cosas, que no es consicente de lo que revolotea a su alrededor. Pero también pienso que quizá prefiera no saber porque lo verdaderamente urgente es la tierra y hacer algo ya, porque incluso ya es tardísimo y no queremos llegar al nunca. No queremos llegar al nunca. Independientemente de quién la apoye o que se puedan aprovechar de ella, lo que dice es indiscutible. Y la emergencia con que lo anuncia también es pertinente. Es urgente que nos concienciemos de lo que está en nuestra mano (reducir el uso de plástico, reducir el consumo de carnes, viajar en avión únicamente si es imprescindible…) y no tan en nuestra mano pero sólo mientras no queramos estirarla. Porque podríamos abrazar opciones políticas que reduzcan el crecimiento ecónomico y tomen medidas efectivas contra el cambio climático. Podríamos presionar a los políticos y grupos de poder. Podríamos hablar. Podríamos no callarnos.

Y si hace falta, pues sí, enfadarnos al modo Greta Thunberg. Aunque no tenga la mejor mirada a cámara, aunque sea un jarro de agua fría a las expectativas del público: su mensaje tiene raíces en las investigaciones científicas y en evidencias que no querríamos que ya lo fueran, como el deshielo de Groenlandia. Tiene raíces en el sentido común. Y su enfado y emotividad son de lo más legítimo ante algo que tanto le importa. Tal vez es que nos hemos olvidado de luchar por lo que nos importa. No lo descartaría. No descartaría que actuemos como avestruces y después como hienas ante lo que no sabemos ser.

Y yo, reconozco, sí querría que hubiera más episodios. Pero quizá no estemos hablando de lo mismo. Por ejemplo, sí querría que llegáramos a los cien episodios de esta temporada. O a la siguiente, a la que bautizaríamos, aun a riesgo de no ser originales, siglo XXII. Pero how dare I, cómo me atrevo. Cómo me atrevo a desear que siga habiendo vida (de todas las especies, y entre ellas la humana) en la tierra, a soñar con algo que no echan en las pantallas. La serie de moda esta semana es Greta, la siguiente será algo de Netflix o HBO, o tal vez la última fanfarronada de Trump o algún otro de sus semejantes. Y seguiremos juzgando el trending topic de turno o lo que echen en primetime. Greta Thunberg y otras personas menos mediáticas que ella seguirán desgañitándose en vano, y our house is on fire y seguirá ardiendo. Pero no pasa nada, que esto está muy interesante y no podemos perdérnoslo. Ya, si eso, en la pausa para la publicidad.

Entre clickbaits y palimpsestos

Entre clickbaits y palimpsestos

Algo de código. Autor: Markus Spiske

Primero fue interesante. ¿Qué tal ese disco? Interesante. ¿Qué tal la charla? Interesante. Y ese hombre, ¿qué te ha parecido? Interesante. Toda la realidad, animada e inanimada, fue cayendo en el cajón de lo interesante, hasta que ya no quedó realidad fuera del cajón. Igual que hace el estudiante que se gasta varios rotuladores fluorescentes al mes y consigue que su libro sea el más brillante del aula, a falta de que esa brillantez se le haya contagiado mínimamente tras no haber sido capaz de separar el grano de la paja en la lección.

Desde hace unos años, ya no sólo es que todo sea interesante. Es también imprescindible. Increíble. Sorprendente. Algo que no te vas a creer. Algo que, por supuesto, no te puedes perder. No importa que sea una noticia, vídeo o imagen de lo más intrascendente. Habitualmente por interés económico, otras veces sólo por ver cómo se inflan las estadísticas al igual que el orgullo, la atención se reclama a base de clickbaits. El mayor problema no es que la información crezca de forma exponencial, ni el hecho de que, aunque nos dedicásemos a ello toda la vida, sólo podríamos atender a una parte ínfima de todos los recursos que se encuentran en Internet. Ni tampoco lo peor es la falta de jerarquías. Que todo se presente como relevante, mientras caemos trampa tras trampa, clic a clic, en una espiral de irrelevancia. Ni siquiera todo el mundo tiene herramientas ni criterio para discernir lo que importa de lo que no.

El mayor problema es ese palimpsesto que tenemos en la cabeza. En la infancia, incluso en la adolescencia, para aprender disponemos de multitud de páginas en blanco. En papel limpio vamos registrado ávidamente los restos de cada día. Todo es descubrimiento, y hay, efectivamente, espacio para ello todavía. Con frecuencia lo echo en falta: libros, música, sentimientos o certezas que se iban grabando dentro por primera vez. La pulcritud de aquella letra, sin tachones ni marcas de Tipp-Ex que falsifiquen con mal gusto el blanco.

Pero esas hojas en blanco se terminan. La capacidad del cerebro es limitada. Cuando llevamos decenas de miles de días vividos, y millones de estímulos registrados, sólo hay una única solución para seguir aprendiendo. Borrar. Escribir por encima. Y poco a poco el aprendizaje se va dificultando, incluso se enturbia, y aquel recuerdo se difumina y ese dato, por muchas vueltas que se le dé, ya no aparece. Los descubrimientos son parciales, o cuando menos les va faltando el brillo, en nuestra caótica libreta cerebral. El margen de aprendizaje se reduce y, en ese caudal cada vez más estrecho, irrumpen los clickbaits. Así, nos desbordamos con lo superfluo, con lo sorprendente habitual, con lo imprescindible accesorio, con lo increíble absolutamente corriente.

El lenguaje es otro palimpsesto, claro. ¿Y qué hacemos con el lenguaje que se gasta? ¿Con la capacidad de aprendizaje, que se desgasta? Huir de cebos, ya sean virtuales o no, podría ser… ¿interesante? Igual que discernir una nota entre un ruido ya ensordecedor y siempre creciente, es difícil. Pero poco más queda que tratar de resignificar, tanto la vida como las palabras. Intentarlo, al menos, y a ver si llegamos a tiempo de que no se apague para siempre la música.

Fukushima, Fukuyama, Chernóbil y los quesos suizos

Fukushima, Fukuyama, Chernóbil y los quesos suizos

Futaba, una de las ciudades evacuadas tras el desastre de Fukushima. (Autor: Julian Simmonds)

Hace unos de días, después de bastante tiempo en el que las noticias sólo caían a cuentagotas, el accidente de Fukushima volvió a las primeras páginas de la actualidad. Buena parte de los medios repitieron el mismo contenido, incluso casi el mismo titular (como en el caso de La Vanguardia y El País, y no, no es noticia de agencia): Japón se plantea verter agua radiactiva al océano porque prevén quedarse sin espacio para almacenarla.

Y la noticia, o más bien nota de prensa por parte del gobierno japonés (el calco de los medios, más que casualidad, parece síntoma), da para bastante. Sobre todo, por lo que tiene de superficie, cuando el desastre nuclear de Fukushima tiene una profundidad de la fosa de las Marianas. Queda muy bien hacer la serie sobre Chernóbil (aunque maniquea, muy recomendable), mostrar lo incompetentes que eran los soviéticos, ratificar que el comunismo era una montaña de mentiras pero por suerte hemos llegado al fin de la historia, como dijo hace ya tres décadas Francis Fukuyama («montaña bendita, afortunada»; si fuera «isla bendita», sí, sería Fukushima), y con el capitalismo sin brida todos somos felices a lomos del caballo desbocado.

El accidente de Chérnobil, indudablemente, fue fruto de numerosos errores. No hay desastre que no ocurra por una alineación de problemas, tal como planteó, mediante una imagen que siempre me ha gustado, James T. Reason con su modelo del queso suizo y los agujeros. Y la central soviética era un queso que, de partida, tenía muchos agujeros. El defecto de fabricación. El haberlo ocultado. En abril del 86 todo ello se alineó con el agujero de la ignorancia e inconsciencia de algunos operarios de la central. Todo ello ya es suficiente para el desastre. Sin embargo, el tiempo que las autoridades mintieron sobre la magnitud del accidente, todo el tiempo que se tardó en desalojar Pripyat y el sur de Bielorrusia, terminó por completar la línea del vacío. Un bingo de catástrofe.

Sin embargo, también hay que hablar de algunos aciertos. Aciertos relativos, cuando menos. Los llamados liquidadores fueron los encargados de limpiar los escombros del techo del reactor para lanzarlos de vuelta al núcleo. Este trabajo, que permitió que la radiación no se perpertuara, fue para muchos de los 600.000 operarios una inmolación a ojos del dios-estado: aunque algunos de ellos han sobrevivido, una buena parte enfermaron y murieron al poco tiempo de realizar la actividad. La tarea se completó con el levantamiento de un sarcófago para contener la contaminación radiactiva. Hace tres años terminó la construcción una nueva estructura, el NSS o “nuevo sarcófago seguro”. Por tanto, gracias a decenas de miles de héroes, finalmente se ha conseguido que la radiactividad esté relativamente controlada en la zona.

Viajamos 8022 km y llegamos a Fukushima. Los japoneses tienen una merecida fama de pueblo trabajador y perfeccionista, a la vanguardia del progreso tecnológico. Sí, todo eso es cierto, pero ahí van dos preguntas: ¿tsunami no es precisamente una palabra japonesa?, ¿qué hace una central nuclear al lado del mar cuando Japón es uno de los países del mundo con mayor actividad sísmica, y los terremotos bajo el mar tienen siempre asociado un alto riesgo de maremoto? La respuesta es, en cierto modo, sencilla: garantizar que habrá suficiente agua disponible para la refrigeración, y suponiendo a la vez un menor riesgo medioambiental (¿a largo plazo…?; lo dudo) que si se utilizase agua de ríos o lagos. De hecho, no es que sólo la central de Fukushima Daiichi se encuentre al borde del mar… Como se aprecia en el mapa, no hay una sola central en Japón que no esté en la costa.

Futaba, una de las ciudades evacuadas tras el desastre de Fukushima. (Autor: Julian Simmonds)

He dicho que serían dos preguntas, pero hacen falta algunas más: ¿el 6 y el 9 de agosto de 1945 no cayeron dos bombas nucleares en territorio japonés? ¿No devastaron, respectivamente, las ciudades de Hiroshima y Nagasaki? ¿Los japoneses no han conocido de primera mano, por desgracia, los terribles efectos de la radiación? En los años 50, algunos medios (como Yomiuri Shimbun o Nippon TV), auspiciados por el gobierno norteamericano, hicieron propaganda de la energía nuclear para usos civiles, hasta terminar por convencer a buena parte de la población. En la década de los 60 se construyó la primera central nuclear del país. El interés de Estados Unidos en el asunto era, evidentemente, comercial: sus eléctricas, como General Electric y Westinghouse, querían vender reactores nucleares a toda costa. El documental Fukushima: A Nuclear Story, de Fabrizio Campanelli, aborda muy bien, entre otros, este asunto (del minuto 39 al 42). Y así fue como, hasta el accidente de Fukushima, Japón era el tercer país del mundo más dependiente de la energía nuclear, con 53 reactores activos.

Tras el viaje en el espacio, el viaje en el tiempo. Hasta el 11 de marzo de 2011. Las consecuencias del terremoto y el subsiguiente tsunami se traducen, en la planta de Fukushima Daiichi, en forma de varios reactores dañados. Se suceden las horas, los días… pero, aparentemente, no pasa casi nada. Como ocurrió en el caso soviético, el peligro se intuye, se despliega desperezándose en slow motion, pero apenas se menciona. Al principio, no pasa nada. De aquellos días recuerdo el contr
aste de perspectivas que podía leerse en la prensa. Las noticias publicadas en medios estadounidenses nunca sonaban alarmista; por ejemplo: “Daiichi is not synonymous with Chernobyl in terms of the severity of contamination”, decía The New York Times. Más preocupantes eran las noticias de los medios europeos; así, Libération recogía las palabras de Günther Oettinger, comisario europeo de Energía: un “apocalipsis” que estaba “fuera de control”. Por supuesto, no era que la prensa americana y la europea dispusieran de información distinta, sino que el motivo de los enfoques distintos era otro: como bien revela también el documental de Campanelli, Francia rivaliza con EEUU en la fabricación de reactores nucleares. Convenía dejar lo peor parado posible al adversario comercial. Sí, no se trataba de la salud de los japoneses, sino de lo único que importa siempre cuando se mira el mundo con gafas neoliberales.

Sobre el mencionado documental, hay un aspecto en el que aúna, creo, todavía más interés. Es en los últimos minutos, a partir del minuto 54, cuando se menciona un hecho que, al menos para mí, era desconocido: gracias a que se rompió la válvula de la compuerta de la piscina del reactor, no se terminó por evaporar toda el agua, lo que habría dejado las barras de combustible al descubierto y producido una fusión nuclear, cuyas consecuencias habrían tenido un alcance de cientos de kilómetros. Así que por casualidad, por un fallo tecnológico en la tierra de la tecnología, la gran tragedia fue evitada. O al menos su primer capítulo, porque esto es aún una novela inacabada.

Y ahora, en la página actual, se habla de verter agua contaminada al Pacífico. Próximamente. ¡Como si eso no hubiera estado ocurriendo en todos estos años! (Un par de enlaces: 1, 2.)Pero queda muy bien mostrar que hasta el momento han tenido el control, y la contaminación ha quedado sellada en tanques. Que es un problema de espacio. Pobres.

Futaba, una de las ciudades evacuadas tras el desastre de Fukushima. (Autor: Julian Simmonds)

Pero todo está controlado, y el gobierno japonés comenzó ya hace dos años a instar a la población a que volviera a sus casas. También recientemente se ha reabierto al baño, ocho años después, una playa cercana. Y un político japonés, Masahiro Nishizawa, afirma que han hecho que esta playa sea la más segura del país ¿para proteger la salud de la gente? ¡Qué va! “Para disipar cualquier rumor dañino sobre la radiación”. No vaya a ser que se hable de la radiación. Que estén presentes niveles altos o no: eso ya es un asunto secundario.

Los niveles de radiación, efectivamente, sí son preocupantes. En Chernóbil los robots no podían trabajar debido a la radiactividad, de ahí que tuvieran que contratarse liquidadores para perder su salud en favor de la causa. En Fukushima, sucede lo mismo. Es de lectura muy recomendable esta entrevista al periodista Kolin Kobayashi; en ella afirma: “el accidente de Fukushima generó una radioactividad tan fuerte que todavía no se tiene un robot capaz de efectuar estas tareas, ¡ni por asomo!”. Una situación similar a la del accidente soviético, por tanto. Similar… aunque peor. Al menos en un aspecto importante: no se está construyendo ni se prevé por ahora construir un sarcófago análogo al del Chernóbil. “En un país liberal y capitalista como Japón, ¿cómo creéis que se podría contratar a 800.000 personas para hacer un sarcófago alrededor de tres reactores?” Es un problema complejo, claro. ¿Matar gente ad hoc, como en la URSS, o dejar que la población civil muera azarosamente, según cómo sople el viento o se muevan las corrientes de agua? Es una ecuación que, me temo, únicamente se despeja con la muerte. Pero Japón prefiere las apariencias a minimizar en lo posible la letalidad del cálculo.

Porque los escombros radiactivos están, por decirlo de algún modo, al aire. Se llevan ocho años contaminando el Pacífico, pero se anuncia que comenzará la contaminación de las aguas todavía ahora. “No hay que dejar que la población entre en pánico y crear una crisis económica”, dice Kobayashi para explicar el maquiavelismo del gobierno japonés. El relato, ésa es la cuestión. En el fin de la historia la verdad casi siempre es relegada. No hay mucho más.

O sí. Hay un último detalle, por decirlo de algún modo. ¿Qué sucedería si otro terremoto afectase de nuevo a los reactores, ya dañados, de Fukushima Daiichi? De nuevo, contesta Kobayashi: “en caso de nuevo seísmo en este lugar, habrá que […] evacuar a las poblaciones de la región de Fukushima y de la de Tokyo.” La fusión nuclear que evitó el fallo de la compuerta podría darse si la tierra vuelve a temblar. Medio Japón (porque el área metropolitana de Tokio puede considerarse medio Japón), a falta de que la tecnología avance y haya robots que puedan soportar la radiactividad y construir estructuras para aislar los restos radiactivos, pende del hilo que sujeta el planeta. Un hilo demasiado estrecho para un maravilloso territorio surgido de la fricción entre placas.

En definitiva, el desastre de
Fukushima en ningún caso se ha manejado mejor que el de Chernóbil, a pesar de ser en un país del primer mundo, capitalista, de los más avanzados tecnológicamente. A pesar de que ya hubieran transcurrido 25 años entre ambas catástrofes y se conocieran bien las causas, errores y vergüenzas alrededor de la central ucraniana, se han vuelto a suceder los agujeros en este paradigmático queso suizo de la posmodernidad. No pasa nada, hagamos “vertidos controlados”. Sí, no solo era el del bigote y era España. Japón va bien. El mundo, sin duda, va bien. Hacia dónde, claro. Hacia dónde.

El último baile

El último baile

“Padre, éste es el último baile…” Nacho Vegas

“¿Quién nos conformó así, / que hagamos lo que hagamos / tenemos siempre la actitud / de quien se va? Como el que sobre la última colina, / desde donde divisa todo el valle, / una vez más, se vuelve, se detiene y rezaga, / así vivimos — / despidiéndonos siempre.” Rainer Maria Rilke (versión de Juan Rulfo)

Hace un par de años, en un momento en que me junté con dos o tres pares operativos, y el resto “jubilados”. Hay al menos 4000 km en esta foto.

En mi casa tengo muchas medallas y trofeos. Suelo referirme a ellos, cariñosamente, como “la chatarra”. Sí, muchos de ellos son de latón, cuando no de plástico o madera. Uno, incluso, siempre me ha recordado a la central nuclear de Los Simpson. Pero los aprecio sobre todo por dos razones. La más obvia, por el esfuerzo que hay detrás. Además de escribir, correr es la otra actividad que depende únicamente de mí y que más felicidad me regala. Pero también cuesta, claro. No llevamos motor ni ninguna otra ayuda biomecánica en las piernas, al menos por ahora. Así que cuesta. Y los trofeos son un aderezo a la mayor recompensa, que es, simplemente, el poder hacerlo y disfrutar de ello (y si se pueden rebañar unos segundos al cronómetro, por supuesto que mejor).

Pero también hay otro motivo. Lo que contaré a continuación parece de lo más ingenuo y cándido, pero la que soy ahora reconoce que, sobre todo, admira y añora a esa que fui; su capacidad de soñar limpia, incólume, porque aún estaba aprendiendo a saber qué era romperse. Entre los once y los quince, más o menos, el bádminton era el deporte que, junto con el atletismo, más me gustaba practicar. Y lo hacía todos los sábados, frente a la casa de mis abuelos: lanzaba el volante contra la fachada principal, que da a la N-VI, y jugaba sola. Horas. Al principio recuerdo cómo mi abuelo se enfadaba cuando el volante se desviaba un poco y atacaba (hacía bastante estruendo, lo reconozco) la ventana del comedor. Con el tiempo, fue mejorando mi pericia, y ya sólo impactaba contra la pared blanca. Y recuerdo, sobre todo, aquellas tardes en las que caía el sol a plomo en la Terra Chá: no circulaba casi nadie por esa recta de varios kilómetros, y cada vez que veía un coche a lo lejos pensaba que tenía que esmerarme en el momento en que pasase. El motivo (aquí viene la absoluta ingenuidad): por si en el coche viajaba un ojeador de bádminton. ¿Posibilidades? Una en un ¿billón?, ¿trillón? Pero no por ello dejaba de creer. Y tenía a mi favor, además, la total certeza de que en ningún caso estaba perdiendo el tiempo: tal vez nunca pasaría nadie que fuera a fijarse en lo que hacía, pero mi pensamiento iluso al menos me ayudaba a esforzarme para ser mejor.

Yo quería jugar al bádminton, y ganar trofeos, aunque fuera sólo uno alguna vez. Admiraba lo que había hecho mi primo en tenis, deporte en el que destacó como jugador júnior (y todavía hoy destaca como triatleta). En la estantería de su habitación lucía una decena de trofeos. Yo hacía cuentas: “el primero lo ganó en 1991…, él tenía entonces trece años: me quedan no sé cuántos meses para llegar a tiempo de hacer lo que él hizo”. Pronto superé ese margen temporal; los años fueron pasando (diría que rápido pero, igual que las familias infelices, más bien a su manera), y poco a poco me fui olvidando del asunto.

No me acordé más de los trofeos, ni del deporte más allá del que echaban por televisión, hasta que, hace unos años, volví a correr con regularidad. Salvo uno de los trofeos, que gané de adolescente en una olimpiada matemática (la única olimpiada a la que he llegado hasta ahora, by the way), el resto los he conseguido desde 2014 en carreras populares. Acabo de contarlos: alrededor de sesenta entre trofeos y medallas. Ayer recibí la última, después de bastante tiempo. Después de muchos meses pasando cerca de los estantes o de la percha de mi habitación y sospechando que toda esa chatarra quizás ya sólo sería un recuerdo afilado de mi pasado en las carreras. Una chatarra que comenzaba a volverse plomo sobre mi espalda lesionada. Igual que el pensamiento de que ya he sido lo mejor que puedo ser: el camino, una cuesta abajo, con frenos que sólo funcionan a veces, según cómo tengan el día.

No sólo pasa con las carreras, ni tampoco sólo me pasa a mí, claro. Por ejemplo, en relación con la literatura. ¿Cuántos nos haremos las mismas preguntas? “¿Y si los mejores libros son los que ya he escrito? ¿Y si no vuelvo a ganar otro premio literario? ¿Y si no vuelvo a publicar? ¿Y si las reseñas serán cada vez más un oasis en el desierto?” Y la más temible: ¿y si me bloqueo y no vuelvo a escribir nada más?” Pienso en autores como Rimbaud, Salinger o Rulfo, que fueron capaces de hacer obras maestras y (soy consciente de la simplificación) sucumbir después ante ese peso. También puede extenderse a la parte personal: el temor a ser peor, con los demás y conmigo misma. Porque con frecuencia echo en falta, por ejemplo, ingenuidad, fuerza de voluntad, ilusión o esperanza; intento esforzarme en lo que hago, pero la intención basta pocas veces. Y, en especial, lo que echo en falta es no haber valorado suficientemente el presente: acariciar aquella piel y no contemplar ahora su esqueleto llamado pasado. Como dice Rilke en el poema, nos estamos despidiendo siempre. De los demás, pero sobre todo de nosotros mismos. De eso que somos pero parpadeamos y de repente ya somos otra cosa que pronto también dejaremos de ser.

Casi nunca hay presente sino despedida. Palpar el presente es palpar apenas sus bordes, sino su sombra. Un mero propósito que ni siquiera siempre intentamos. Entonces pienso que habitar plenamente cada instante, sacar al presente de la ausencia, bailar de verdad todos nuestros últimos bailes, sería ese trofeo al que deberíamos aspirar. Un trofeo, claro, de los que no lucen en las estanterías. Como los que realmente importan.

Síntoma de agosto

Síntoma de agosto

Amanecer de agosto. Kioto, 2018.

Probablemente, estos días me estaría dedicando a escribir el siguiente poema si no fuera porque ya lo escribí hace hoy tres años. Se titula “Síntoma de agosto”. Aunque bien podría haberse llamado “Síntoma de finales de julio”.

El invierno a sí mismo se adelanta.
En agosto. Cuando aún los calendarios
proclaman días largos y remansos de solsticio.

Pero el invierno, en sigilo, madruga.

Se levanta temprano, con el verano a medias,
y asoma una migaja de noche tierra adentro.
La mañana bosteza, se despoja
 — sólo con lentitud — de la neblina.
Comienza, un día, el día por cuestionar el sol
y ya un rayo no llega: apenas la promesa
de una sombra más larga.

Tantas veces el frío nació en forma de duda.

Poco a poco los pájaros ahogan sus melodías.
La luz, aunque amanece, se bate en retirada.

De Lenguaje ensamblador (Renacimiento, 2019).

A estas alturas del año, en Galicia, con un desfase de más de dos horas y media respecto a la hora solar, las tardes tienen una duración suficiente. Sigue siendo esa luz barroca en cada atardecer, demorando su marcha hasta más tarde de las diez de la noche, imprimiendo en el cielo un día más toda su desmesura y exceso.

Sin embargo, por las mañanas, un inequívoco declive ya ha comenzado. A las siete es ya otra vez completamente de noche, y volverá a serlo hasta la llegada —en teoría, tan lejos — del mes de mayo. Amanece despacio, entre la niebla o con nubes. El rastro del verano sólo se intuye con la mañana avanzada. Hay un mensaje claro: el invierno ya está afinando su garganta; las notas que pronuncia, con voz suave, acompañan a esa luz poco a poco marchita.

En todo caso, se trata de una sensación ambivalente. La mengua de luz es, al fin y al cabo, un recordatorio de la vida. La luz, con su progresiva tenuidad, escenifica la decadencia, la pérdida. Funciona como un espejo nuestro, como una infalible compañera de viaje. Tiende la mano. Y algo se encoje en nosotros si nos damos cuenta de que la luz ya no es la misma que la de hace un mes, incluso una semana. Una punzada análoga, pero menos severa que la de observar el envejecimiento en los demás. Una cana, una arruga, un movimiento ligeramente más cansado. Día tras día. No importa que no siempre juzguemos. Cuando lo hacemos, duele. Sobre todo si lo advertimos en las personas a las que queremos. Y porque también somos nosotros. Todos somos a la vez cuerpo y espejo de una pareja decrepitud.

Faltan meses para que llegue el discurso de la primavera, tan necesario. Ese que nos recordará que la vida — siempre que no nos carguemos el planeta, que por ahora es adonde nos dirigimos — seguirá ahí, a pesar de todo. Asistimos a la primavera como al nacimiento de un bebé, como contemplamos la vitalidad e ingenuidad de los niños. Son contrastes que confirman un relato eficaz, que nos reconforta aunque no se trate más que de un espejismo. Que nos reconforma, al menos, hasta ese momento que tan brillantemente recoge Andrés Neuman en forma de endecasílabo: “cuando las hojas vuelvan y yo no”.

No puede obviarse: siempre habrá una primera primavera que no conoceremos. Mientras tanto, esa estación, junto con parte del verano, seguirá jugando a ser el contrapunto del resto del tiempo, que es el predominante. La caída de los días, la fragilidad de la luz, nos entumece en buena medida la esperanza, pero a la vez nos hace sentirnos reconocidos. Igual que podemos reconocernos en el entusiasmo fútil de un perro que va una y otra vez a por la bola, en la fragilidad de los saltos de un gorrión o en los pasos torpes de un pingüino. Una caída continua en la que buscamos una mano, literal o metafórica, para que en ese caer acompañe a la nuestra.

Porque, a pesar de las aflicciones, de las inevitables melancolía y decrepitud, prevalece en nosotros la necesidad de los vínculos, la necesidad de comprender. Por muy ajenos que podamos sentir los movimientos de translación y rotación de la Tierra, el síntoma de agosto es también nuestro síntoma. Y es nuestra esa sed de empatía que incluso nos lleva a beber con los ojos la luz.

Esa parte donde nunca nos abrazan

Esa parte donde nunca nos abrazan

‘Exposición’ (2010), escultura de Antony Gormley. Fotografía de Herman Verheij.

En los últimos meses me han sucedido bastantes cosas. Entre ellas, he hecho varios viajes. He publicado dos libros y he terminado un grado. Ha habido momentos difíciles y momentos gratificantes. Sin embargo, uno de los pocos que realmente puedo considerar un acontecimiento (sí, incluso en sentido Badiou) fue haber puesto nombre y cara a un profesor del conservatorio 17 años después. Ni siquiera me daba clase: era profesor de violín, y sólo coincidía con él, además de en los pasillos, en los ensayos de la pieza en la que acompañaba al piano a otra alumna, y que tocaríamos a final de curso. A lo largo de este tiempo he tenido grabadas sus manos en el piano, de aquellas veces en que me indicaba matices de interpretación en lo que yo tocaba. Por supuesto, sus manos en el violín. La silueta de su cuerpo con el instrumento, delante de la ventana, a contraluz. E imaginé en el rostro rasgos eslavos: aquella niña de 11 años que era yo supuso que su acento extranjero procedía de Rusia.

De ahí que, años más tarde, dos personajes rusos de mis cuentos (Serguéi, bajista en “Detour ahead”; Iván, violinista en “Nieve”) se inspirasen en buena parte en él. Pero también en mi cabeza todo era ficción, un recuerdo cada vez más vago y la nostalgia más profunda, hasta que, como adelantaba, lo encontré hace unos meses, buceando por Internet. Al final, resultó que no era ruso, sino de otro país de Europa del Este, y su cara en mi memoria tenía poco que ver con la realidad. No importaba. El misterio se había terminado. Ese cajón desordenado que no podía abrir ya funcionaba igual que el resto. Probablemente, ya no necesite escribir más relatos de músicos rusos ahora que he dado forma a esta minucia de realidad.

Una minucia, sí. Soy consciente. ¿Alguien sabía de mi fascinación por aquel profesor extranjero? A este nivel de detalle, nadie. ¿Le importa a alguien? Probablemente, tampoco. Al menos no demasiado. Pero sí funciona como ejemplo. Como ejemplo de esa partes de nosotros mismos que no se llegan a conocer apenas. Somos para los demás relatos parciales. Coherentes, aparentemente terminados. Salvo por unas páginas que permanecen en blanco siempre. Y que decidimos no manchar con tinta porque somos conscientes de que no le interesan a nadie, o que, tal vez, podrían perjudicarnos, si es que contradicen alguna de esas imágenes que nos vestimos como traje según la ocasión.

En realidad, no conocemos a nadie totalmente. Como tampoco sabemos con certeza qué había antes del Big Bang, o si existiremos de alguna forma tras la muerte. Cuántos asuntos se nos escapan, de manera inevitable. Entre ellas, la profundidad de las personas, esa función exponencial: llegado a un punto de conocimiento, supera con creces el eje donde podemos representarla. «Hay una parte donde nunca nos abrazan. Aunque nos quieran muchísimo. Esa parte está ahí, esa pena. Y nadie llega a tocarla nunca», dice uno de los personajes de Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Nadie llega a esa parte, incluso a nosotros mismos nos cuesta llegar. Las proyecciones que los demás conocen son mucho más coherentes y más limpias que lo que pueda haber ahí dentro. No siempre se está dispuesto al ejercicio de escarbar entre el polvo, escarbar en lo más íntimo y tratar de poner algo de luz y palabras.

Sin embargo, con las sociedades cada vez más abocadas a una continua vigilancia, la tendencia será a que nos vayamos volviendo transparentes a la fuerza. La sociedad de la transparencia, como dice el título de Byung-Chul Han. Para ello, existen, claro, dos vías: que terminemos exponiendo lo que no queríamos mostrar a nadie o casi nadie — y menos a una abstracción o ente desconocidos — o que acallemos esa parte más oscura, disruptiva, que tenemos, y que nos limitemos a ser lo que se espera de nosotros. No sólo en las acciones sino también en el pensamiento. No es una predicción exagerada: por ejemplo, en algunos colegios de China ya sucede, y esos alumnos temen sentirse aburridos unos segundos en clase por los efectos que pueda tener en su expediente. En todos los casos, se trata de coacción, de violencia. De empobrecimiento, también. Como dice Tanizaki en su ensayo más famoso, “la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”. También las personas necesitamos esos oasis de sombras para brillar.

No queda mucho para que 1984, la novela distópica de Orwell, se haya convertido por aspectos como el de la hipervigilancia en una obra realista. En nuestra mano queda disfrutar y defender ese reducto de intimidad mientras sea posible. Ahí, en esa oscuridad que difícilmente sabemos traducir en palabras, en ese lugar donde no siempre nos reconocemos en el espejo, en esa parte donde nunca nos abrazan, se encuentran los cimientos de toda forma de libertad. No nos conoceremos nunca del todo, cierto, pero somos libres y confiamos en los demás: pensamientos para una vida que aspire a lo humano.

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