Casa

Mi nueva casa.

Mi casa de nadie, de Violeta González Alegre. Desear la casa, de Rodrigo García Marina. Intentar la casa, de Andrea López Montero. En los últimos meses han caído en mis manos bastantes y buenos libros donde las casas se llenan de poesía y la poesía se erige en hogar.

Iba latiendo en mí esa necesidad de un espacio propio, de un cuarto propio —Woolf siempre en la recámara—. Había ingredientes suficientes para que cristalizaran en una acción. La mudanza no llegó: se despeñó, rodó colina abajo. Fue más rápido de lo que esperaba, porque las piezas han ido encajando como si un hábil marionetista las hubiera guiado por donde ir. Con poco presupuesto, he encontrado un hogar propio que no es un zulo. Es acogedor. No hace frío. Y tiene luz. La luz del oeste llena el espacio cada tarde y después se despide con desgarros violeta. Creo que nos entenderemos bien la luz de Madrid y yo.

Me sorprenden tantos coches de lujo. Tanta gente allá donde vaya. Tantas tiendas y restaurantes que me recuerdan que no tengo dinero suficiente para muchas de las cosas que querría. La luz natural no cuesta por ahora. Dejo que mi mirada se meza en esa luz.

Salgo a pasear y pienso si la mirada es gratuita. En internet nada sale gratis: pagamos con nuestra privacidad, con nuestra intimidad, con nuestros datos. Camino siete kilómetros por el centro y percibo que he pagado un peaje. La mirada se contamina con un lenguaje perverso que se articula continuamente. Dos estratos sociales conviven en un mismo espacio como líneas paralelas. No hay roce ni confusión posible. Nos gastamos lo poco que tenemos —y a veces lo que no tenemos— para que todo siga igual. Mientras tanto, nadie mira a los problemas importantes. La crisis democrática y la crisis medioambiental no emergen en las videopantallas ni en los reels de Instagram. Tampoco han tenido nunca luces de neón.

En la mirada siempre hay muchas miradas previas. Supongo que llevo en mí la reciente y estimulante lectura del ensayo El fracaso de lo bello, de Pablo Caldera. Veo unas piedras a la entrada de una casa y en mi cabeza resuenan las calaveras infantiles del osario de Wamba. Dice Raúl Zurita que «invisibilizar la muerte es uno de los pilares que sostienen al capitalismo. Si la muerte es central […], no queda claro que sea crucial distinguir entre dos marcas de jeans.». La muerte es el mayor tabú en Occidente ahora mismo. Me pregunto si una mayor conciencia de la muerte podría ser el principio para construir una sociedad mejor.

Compré una planta de azucenas hace dos semanas y ahora ya languidece. Retiro sus hojas secas y le pido perdón. De fondo, Júlio Resende. Eu amo todas as coisas mas sempre mais as que estou vendo. A través de la única ventana miro la luz. La ciudad está latiendo al fondo y a la vez en otra parte. Yo voy construyendo mis propios latidos lentamente en el nuevo hogar.


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