En las lindes del fin

Recuerdo bien la primera vez que te escuché. Fue a comienzos de 2013. En un programa de radio, tocaste en directo “Simulacro”. Me desgarré como pocas veces me ha pasado con una canción o cualquier otra pieza artística. La letra — un indudable poema — era magnífica, y la música no se quedaba atrás.

Pasaste a ser mi cantautor de cabecera. Cada vez que te oía “temo haberme pasado la vida reuniendo el valor que me falta”, no podía evitar que algo me temblara dentro.

Y el mayor hallazgo posible fue ir a uno de tus conciertos (Carballo, 2016), escucharte en directo y conocerte, aunque haya tenido que ser de manera tan pequeña y torpe. Te regalé mi último libro, en el que te mencionaba, charlamos un rato; me convertí más, si cabe, en una incondicional de tu música. Año y medio después (Pontevedra, 2017) volvía a verte en concierto, volvía a regalarte un libro mío — en el que volvía a mencionarte — , volvíamos a hablar, volvía a entusiasmarme, volvía a ser un hallazgo todo lo que te atañía.

Mientras, yo siempre he vuelto a tu música. Tus letras, un golpe de realidad con un barniz irónico, en el fondo son de lo más vitalistas: y, gracias a ellas, he temido vivir un simulacro, y me he lanzado, como Cortés, a quemar naves. Me he estremecido con los salmos antiguos rescatados de la infancia, con no poder decir si somos arcángeles u hombres. Con ese octubre que anticipabas con pereza, doblando ropa de entretiempo, y en el que habrías cumplido un año más.

Desde que se murió Leonard Cohen, una pregunta rondó en mi cabeza: desde dónde cantará ahora que se ha ido. Hoy, a mi pesar, sé la respuesta: cantará desde donde tú también lo hagas. “Take this waltz” o “Las mujeres de este mundo”, es lo mismo. Estará sonando un vals con vuestras palabras y vuestra voz, allí donde la música es eterna.

Alguna vez te escuché decir que ibas a la búsqueda de la canción perfecta, de ‘esa canción’. Ojalá te haya dado tiempo a crearla, aunque, para mí y para muchos, todas tus piezas ya son siempre esa canción.

Y, aunque permanecerás imborrable en la poesía y en la música, qué difícil esto, cómo faltan los adjetivos — como si todos te los hubieras llevado para ese inolvidable “Niño futuro”. Ahora, cada vez que te escuche, sentiré aquel desgarro pero, a diferencia de hace siete años, éste lo será de verdad.

Que la vida no era un simulacro, querido Rafa, ya lo sabíamos sin necesidad de que te fueras.

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