La serie de moda se llama Greta

La serie de moda se llama Greta

Foto: Anders Hellberg

Tras Juego de tronos, Chernóbil o La casa de papel, ha llegado el relevo. Todos hablan de ella. Unos, los menos, la califican de excepcional, de inteligente, de necesaria. Otros apenas la consideran nimia, risible o anecdótica. Sin embargo, la opinión de la mayoría encaja dentro de un entusiasmo contenido. Me gusta pero. Que las puestas en escena son sobreactuadas, que tienden a lo histriónico. Que el vestuario no está muy cuidado, que parece demasiado infantil. Que le falta algo de humor o ironía. Que a saber qué hay detrás y qué pretenden quienes sean que manejan los hilos. Pero todos tienen algo que opinar —faltaría más, en plena era de la comunicación — y no hay muro o timeline que no hable de ella. Porque nadie resulta indiferente ante Greta, la serie de moda.

En cuanto a mí, lo cierto es que ya empiezo a sentirme igual que Greta Thunberg: profundamente enfadada. Me dan ganas de ponerme a un micrófono y empezar a disparar: “pero vamos a ver, ¿es que Greta es una serie?, ¿es un libro?, ¿es el plato estrella del último restaurante de moda?, ¿es la obra más controvertida de la nueva edición de ARCO y tenemos que debatir si se trata de arte o no?” Como ella diría: how dare you. Porque entonces, si no estamos juzgando una obra o producto, ¿por qué se la evalúa con criterios estéticos? ¿Por qué nos quedamos en la forma? Estoy de acuerdo en el fondo pero. ¿Qué pasa, que lo correcto y lo bien visto es adoptar una actitud hipócrita? ¿Tiene que poner, aunque sea a la fuerza, una sonrisa? ¿O lo que nos falla es que no podemos sexualizarla?

Foto: Anders Hellberg

También es posible que, después de tantas mentiras, ya no sepamos discernir entre realidad y ficción. Ahora que tan de moda se ha puesto hablar del relato, parece que existe una verdad por cada relator. Una verdad personalizable, una verdad a la carta, una verdad vacía. Es decir, un triste holograma. Tal vez es que Thunberg sea anacrónica para la posmodernidad, y haya que desempolvar de los anaqueles a Alain Badiou y su concepto de acontecimiento. La política es, al menos potencialmente, uno de los cuatro prodecimientos de verdad (los otros tres son el amor, el arte y la ciencia). Y no sé con qué ojos se puede juzgar a Greta para no apreciar que en ella hay, efectivamente, verdad. Por lo que conozco sobre el síndrome de Asperger, y conozco bastante, yo la veo a ella, veo por ejemplo su intervención en la ONU, y estoy convencida que no hay nada impostado o falso en su mensaje. Lo que veo es que, en su temblor, en su emoción, está creando un acontecimiento. Pero supongo que éste es un mundo donde la palabra verdad es cada vez más mentira y, si sucede un acontecimiento, la mayoría pasa de largo.

Otra de las príncipales críticas que he escuchado estos días es la de quién estará detrás. Sí, podría estar el magnate Soros, y demás intereses oscuros. De hecho, ya hay certezas turbias, como que el barco en el que viajó se lo patrocinase un banco suizo, BMW y la familia real monegasca. Entiendo que haya quienes decidan hurgar por esa vía; de hecho, a mí también el viaje en velero patrocinado me parece una metedura de pata, por no decir un error. Pero ¿acaso los demás somos perfectos? ¿Acaso yo no me equivoco, no nos equivocamos todos? ¿Puede ser capaz con 16 años de mantener un discurso fundado y coherente sobre el cambio climático y a la vez ser perfectamente consciente de todo lo que se mueve en su entorno? No es una diosa griega, no es una heroína de la mitología ni de Marvel. Es una persona que se equivoca y que es imperfecta como todas, independientemente de cuál sea su edad.

Me da la impresión de que se le escapan muchas cosas, que no es consicente de lo que revolotea a su alrededor. Pero también pienso que quizá prefiera no saber porque lo verdaderamente urgente es la tierra y hacer algo ya, porque incluso ya es tardísimo y no queremos llegar al nunca. No queremos llegar al nunca. Independientemente de quién la apoye o que se puedan aprovechar de ella, lo que dice es indiscutible. Y la emergencia con que lo anuncia también es pertinente. Es urgente que nos concienciemos de lo que está en nuestra mano (reducir el uso de plástico, reducir el consumo de carnes, viajar en avión únicamente si es imprescindible…) y no tan en nuestra mano pero sólo mientras no queramos estirarla. Porque podríamos abrazar opciones políticas que reduzcan el crecimiento ecónomico y tomen medidas efectivas contra el cambio climático. Podríamos presionar a los políticos y grupos de poder. Podríamos hablar. Podríamos no callarnos.

Y si hace falta, pues sí, enfadarnos al modo Greta Thunberg. Aunque no tenga la mejor mirada a cámara, aunque sea un jarro de agua fría a las expectativas del público: su mensaje tiene raíces en las investigaciones científicas y en evidencias que no querríamos que ya lo fueran, como el deshielo de Groenlandia. Tiene raíces en el sentido común. Y su enfado y emotividad son de lo más legítimo ante algo que tanto le importa. Tal vez es que nos hemos olvidado de luchar por lo que nos importa. No lo descartaría. No descartaría que actuemos como avestruces y después como hienas ante lo que no sabemos ser.

Y yo, reconozco, sí querría que hubiera más episodios. Pero quizá no estemos hablando de lo mismo. Por ejemplo, sí querría que llegáramos a los cien episodios de esta temporada. O a la siguiente, a la que bautizaríamos, aun a riesgo de no ser originales, siglo XXII. Pero how dare I, cómo me atrevo. Cómo me atrevo a desear que siga habiendo vida (de todas las especies, y entre ellas la humana) en la tierra, a soñar con algo que no echan en las pantallas. La serie de moda esta semana es Greta, la siguiente será algo de Netflix o HBO, o tal vez la última fanfarronada de Trump o algún otro de sus semejantes. Y seguiremos juzgando el trending topic de turno o lo que echen en primetime. Greta Thunberg y otras personas menos mediáticas que ella seguirán desgañitándose en vano, y our house is on fire y seguirá ardiendo. Pero no pasa nada, que esto está muy interesante y no podemos perdérnoslo. Ya, si eso, en la pausa para la publicidad.

Entre clickbaits y palimpsestos

Entre clickbaits y palimpsestos

Algo de código. Autor: Markus Spiske

Primero fue interesante. ¿Qué tal ese disco? Interesante. ¿Qué tal la charla? Interesante. Y ese hombre, ¿qué te ha parecido? Interesante. Toda la realidad, animada e inanimada, fue cayendo en el cajón de lo interesante, hasta que ya no quedó realidad fuera del cajón. Igual que hace el estudiante que se gasta varios rotuladores fluorescentes al mes y consigue que su libro sea el más brillante del aula, a falta de que esa brillantez se le haya contagiado mínimamente tras no haber sido capaz de separar el grano de la paja en la lección.

Desde hace unos años, ya no sólo es que todo sea interesante. Es también imprescindible. Increíble. Sorprendente. Algo que no te vas a creer. Algo que, por supuesto, no te puedes perder. No importa que sea una noticia, vídeo o imagen de lo más intrascendente. Habitualmente por interés económico, otras veces sólo por ver cómo se inflan las estadísticas al igual que el orgullo, la atención se reclama a base de clickbaits. El mayor problema no es que la información crezca de forma exponencial, ni el hecho de que, aunque nos dedicásemos a ello toda la vida, sólo podríamos atender a una parte ínfima de todos los recursos que se encuentran en Internet. Ni tampoco lo peor es la falta de jerarquías. Que todo se presente como relevante, mientras caemos trampa tras trampa, clic a clic, en una espiral de irrelevancia. Ni siquiera todo el mundo tiene herramientas ni criterio para discernir lo que importa de lo que no.

El mayor problema es ese palimpsesto que tenemos en la cabeza. En la infancia, incluso en la adolescencia, para aprender disponemos de multitud de páginas en blanco. En papel limpio vamos registrado ávidamente los restos de cada día. Todo es descubrimiento, y hay, efectivamente, espacio para ello todavía. Con frecuencia lo echo en falta: libros, música, sentimientos o certezas que se iban grabando dentro por primera vez. La pulcritud de aquella letra, sin tachones ni marcas de Tipp-Ex que falsifiquen con mal gusto el blanco.

Pero esas hojas en blanco se terminan. La capacidad del cerebro es limitada. Cuando llevamos decenas de miles de días vividos, y millones de estímulos registrados, sólo hay una única solución para seguir aprendiendo. Borrar. Escribir por encima. Y poco a poco el aprendizaje se va dificultando, incluso se enturbia, y aquel recuerdo se difumina y ese dato, por muchas vueltas que se le dé, ya no aparece. Los descubrimientos son parciales, o cuando menos les va faltando el brillo, en nuestra caótica libreta cerebral. El margen de aprendizaje se reduce y, en ese caudal cada vez más estrecho, irrumpen los clickbaits. Así, nos desbordamos con lo superfluo, con lo sorprendente habitual, con lo imprescindible accesorio, con lo increíble absolutamente corriente.

El lenguaje es otro palimpsesto, claro. ¿Y qué hacemos con el lenguaje que se gasta? ¿Con la capacidad de aprendizaje, que se desgasta? Huir de cebos, ya sean virtuales o no, podría ser… ¿interesante? Igual que discernir una nota entre un ruido ya ensordecedor y siempre creciente, es difícil. Pero poco más queda que tratar de resignificar, tanto la vida como las palabras. Intentarlo, al menos, y a ver si llegamos a tiempo de que no se apague para siempre la música.

Fukushima, Fukuyama, Chernóbil y los quesos suizos

Fukushima, Fukuyama, Chernóbil y los quesos suizos

Futaba, una de las ciudades evacuadas tras el desastre de Fukushima. (Autor: Julian Simmonds)

Hace unos de días, después de bastante tiempo en el que las noticias sólo caían a cuentagotas, el accidente de Fukushima volvió a las primeras páginas de la actualidad. Buena parte de los medios repitieron el mismo contenido, incluso casi el mismo titular (como en el caso de La Vanguardia y El País, y no, no es noticia de agencia): Japón se plantea verter agua radiactiva al océano porque prevén quedarse sin espacio para almacenarla.

Y la noticia, o más bien nota de prensa por parte del gobierno japonés (el calco de los medios, más que casualidad, parece síntoma), da para bastante. Sobre todo, por lo que tiene de superficie, cuando el desastre nuclear de Fukushima tiene una profundidad de la fosa de las Marianas. Queda muy bien hacer la serie sobre Chernóbil (aunque maniquea, muy recomendable), mostrar lo incompetentes que eran los soviéticos, ratificar que el comunismo era una montaña de mentiras pero por suerte hemos llegado al fin de la historia, como dijo hace ya tres décadas Francis Fukuyama («montaña bendita, afortunada»; si fuera «isla bendita», sí, sería Fukushima), y con el capitalismo sin brida todos somos felices a lomos del caballo desbocado.

El accidente de Chérnobil, indudablemente, fue fruto de numerosos errores. No hay desastre que no ocurra por una alineación de problemas, tal como planteó, mediante una imagen que siempre me ha gustado, James T. Reason con su modelo del queso suizo y los agujeros. Y la central soviética era un queso que, de partida, tenía muchos agujeros. El defecto de fabricación. El haberlo ocultado. En abril del 86 todo ello se alineó con el agujero de la ignorancia e inconsciencia de algunos operarios de la central. Todo ello ya es suficiente para el desastre. Sin embargo, el tiempo que las autoridades mintieron sobre la magnitud del accidente, todo el tiempo que se tardó en desalojar Pripyat y el sur de Bielorrusia, terminó por completar la línea del vacío. Un bingo de catástrofe.

Sin embargo, también hay que hablar de algunos aciertos. Aciertos relativos, cuando menos. Los llamados liquidadores fueron los encargados de limpiar los escombros del techo del reactor para lanzarlos de vuelta al núcleo. Este trabajo, que permitió que la radiación no se perpertuara, fue para muchos de los 600.000 operarios una inmolación a ojos del dios-estado: aunque algunos de ellos han sobrevivido, una buena parte enfermaron y murieron al poco tiempo de realizar la actividad. La tarea se completó con el levantamiento de un sarcófago para contener la contaminación radiactiva. Hace tres años terminó la construcción una nueva estructura, el NSS o “nuevo sarcófago seguro”. Por tanto, gracias a decenas de miles de héroes, finalmente se ha conseguido que la radiactividad esté relativamente controlada en la zona.

Viajamos 8022 km y llegamos a Fukushima. Los japoneses tienen una merecida fama de pueblo trabajador y perfeccionista, a la vanguardia del progreso tecnológico. Sí, todo eso es cierto, pero ahí van dos preguntas: ¿tsunami no es precisamente una palabra japonesa?, ¿qué hace una central nuclear al lado del mar cuando Japón es uno de los países del mundo con mayor actividad sísmica, y los terremotos bajo el mar tienen siempre asociado un alto riesgo de maremoto? La respuesta es, en cierto modo, sencilla: garantizar que habrá suficiente agua disponible para la refrigeración, y suponiendo a la vez un menor riesgo medioambiental (¿a largo plazo…?; lo dudo) que si se utilizase agua de ríos o lagos. De hecho, no es que sólo la central de Fukushima Daiichi se encuentre al borde del mar… Como se aprecia en el mapa, no hay una sola central en Japón que no esté en la costa.

Futaba, una de las ciudades evacuadas tras el desastre de Fukushima. (Autor: Julian Simmonds)

He dicho que serían dos preguntas, pero hacen falta algunas más: ¿el 6 y el 9 de agosto de 1945 no cayeron dos bombas nucleares en territorio japonés? ¿No devastaron, respectivamente, las ciudades de Hiroshima y Nagasaki? ¿Los japoneses no han conocido de primera mano, por desgracia, los terribles efectos de la radiación? En los años 50, algunos medios (como Yomiuri Shimbun o Nippon TV), auspiciados por el gobierno norteamericano, hicieron propaganda de la energía nuclear para usos civiles, hasta terminar por convencer a buena parte de la población. En la década de los 60 se construyó la primera central nuclear del país. El interés de Estados Unidos en el asunto era, evidentemente, comercial: sus eléctricas, como General Electric y Westinghouse, querían vender reactores nucleares a toda costa. El documental Fukushima: A Nuclear Story, de Fabrizio Campanelli, aborda muy bien, entre otros, este asunto (del minuto 39 al 42). Y así fue como, hasta el accidente de Fukushima, Japón era el tercer país del mundo más dependiente de la energía nuclear, con 53 reactores activos.

Tras el viaje en el espacio, el viaje en el tiempo. Hasta el 11 de marzo de 2011. Las consecuencias del terremoto y el subsiguiente tsunami se traducen, en la planta de Fukushima Daiichi, en forma de varios reactores dañados. Se suceden las horas, los días… pero, aparentemente, no pasa casi nada. Como ocurrió en el caso soviético, el peligro se intuye, se despliega desperezándose en slow motion, pero apenas se menciona. Al principio, no pasa nada. De aquellos días recuerdo el contr
aste de perspectivas que podía leerse en la prensa. Las noticias publicadas en medios estadounidenses nunca sonaban alarmista; por ejemplo: “Daiichi is not synonymous with Chernobyl in terms of the severity of contamination”, decía The New York Times. Más preocupantes eran las noticias de los medios europeos; así, Libération recogía las palabras de Günther Oettinger, comisario europeo de Energía: un “apocalipsis” que estaba “fuera de control”. Por supuesto, no era que la prensa americana y la europea dispusieran de información distinta, sino que el motivo de los enfoques distintos era otro: como bien revela también el documental de Campanelli, Francia rivaliza con EEUU en la fabricación de reactores nucleares. Convenía dejar lo peor parado posible al adversario comercial. Sí, no se trataba de la salud de los japoneses, sino de lo único que importa siempre cuando se mira el mundo con gafas neoliberales.

Sobre el mencionado documental, hay un aspecto en el que aúna, creo, todavía más interés. Es en los últimos minutos, a partir del minuto 54, cuando se menciona un hecho que, al menos para mí, era desconocido: gracias a que se rompió la válvula de la compuerta de la piscina del reactor, no se terminó por evaporar toda el agua, lo que habría dejado las barras de combustible al descubierto y producido una fusión nuclear, cuyas consecuencias habrían tenido un alcance de cientos de kilómetros. Así que por casualidad, por un fallo tecnológico en la tierra de la tecnología, la gran tragedia fue evitada. O al menos su primer capítulo, porque esto es aún una novela inacabada.

Y ahora, en la página actual, se habla de verter agua contaminada al Pacífico. Próximamente. ¡Como si eso no hubiera estado ocurriendo en todos estos años! (Un par de enlaces: 1, 2.)Pero queda muy bien mostrar que hasta el momento han tenido el control, y la contaminación ha quedado sellada en tanques. Que es un problema de espacio. Pobres.

Futaba, una de las ciudades evacuadas tras el desastre de Fukushima. (Autor: Julian Simmonds)

Pero todo está controlado, y el gobierno japonés comenzó ya hace dos años a instar a la población a que volviera a sus casas. También recientemente se ha reabierto al baño, ocho años después, una playa cercana. Y un político japonés, Masahiro Nishizawa, afirma que han hecho que esta playa sea la más segura del país ¿para proteger la salud de la gente? ¡Qué va! “Para disipar cualquier rumor dañino sobre la radiación”. No vaya a ser que se hable de la radiación. Que estén presentes niveles altos o no: eso ya es un asunto secundario.

Los niveles de radiación, efectivamente, sí son preocupantes. En Chernóbil los robots no podían trabajar debido a la radiactividad, de ahí que tuvieran que contratarse liquidadores para perder su salud en favor de la causa. En Fukushima, sucede lo mismo. Es de lectura muy recomendable esta entrevista al periodista Kolin Kobayashi; en ella afirma: “el accidente de Fukushima generó una radioactividad tan fuerte que todavía no se tiene un robot capaz de efectuar estas tareas, ¡ni por asomo!”. Una situación similar a la del accidente soviético, por tanto. Similar… aunque peor. Al menos en un aspecto importante: no se está construyendo ni se prevé por ahora construir un sarcófago análogo al del Chernóbil. “En un país liberal y capitalista como Japón, ¿cómo creéis que se podría contratar a 800.000 personas para hacer un sarcófago alrededor de tres reactores?” Es un problema complejo, claro. ¿Matar gente ad hoc, como en la URSS, o dejar que la población civil muera azarosamente, según cómo sople el viento o se muevan las corrientes de agua? Es una ecuación que, me temo, únicamente se despeja con la muerte. Pero Japón prefiere las apariencias a minimizar en lo posible la letalidad del cálculo.

Porque los escombros radiactivos están, por decirlo de algún modo, al aire. Se llevan ocho años contaminando el Pacífico, pero se anuncia que comenzará la contaminación de las aguas todavía ahora. “No hay que dejar que la población entre en pánico y crear una crisis económica”, dice Kobayashi para explicar el maquiavelismo del gobierno japonés. El relato, ésa es la cuestión. En el fin de la historia la verdad casi siempre es relegada. No hay mucho más.

O sí. Hay un último detalle, por decirlo de algún modo. ¿Qué sucedería si otro terremoto afectase de nuevo a los reactores, ya dañados, de Fukushima Daiichi? De nuevo, contesta Kobayashi: “en caso de nuevo seísmo en este lugar, habrá que […] evacuar a las poblaciones de la región de Fukushima y de la de Tokyo.” La fusión nuclear que evitó el fallo de la compuerta podría darse si la tierra vuelve a temblar. Medio Japón (porque el área metropolitana de Tokio puede considerarse medio Japón), a falta de que la tecnología avance y haya robots que puedan soportar la radiactividad y construir estructuras para aislar los restos radiactivos, pende del hilo que sujeta el planeta. Un hilo demasiado estrecho para un maravilloso territorio surgido de la fricción entre placas.

En definitiva, el desastre de
Fukushima en ningún caso se ha manejado mejor que el de Chernóbil, a pesar de ser en un país del primer mundo, capitalista, de los más avanzados tecnológicamente. A pesar de que ya hubieran transcurrido 25 años entre ambas catástrofes y se conocieran bien las causas, errores y vergüenzas alrededor de la central ucraniana, se han vuelto a suceder los agujeros en este paradigmático queso suizo de la posmodernidad. No pasa nada, hagamos “vertidos controlados”. Sí, no solo era el del bigote y era España. Japón va bien. El mundo, sin duda, va bien. Hacia dónde, claro. Hacia dónde.

El último baile

El último baile

“Padre, éste es el último baile…” Nacho Vegas

“¿Quién nos conformó así, / que hagamos lo que hagamos / tenemos siempre la actitud / de quien se va? Como el que sobre la última colina, / desde donde divisa todo el valle, / una vez más, se vuelve, se detiene y rezaga, / así vivimos — / despidiéndonos siempre.” Rainer Maria Rilke (versión de Juan Rulfo)

Hace un par de años, en un momento en que me junté con dos o tres pares operativos, y el resto “jubilados”. Hay al menos 4000 km en esta foto.

En mi casa tengo muchas medallas y trofeos. Suelo referirme a ellos, cariñosamente, como “la chatarra”. Sí, muchos de ellos son de latón, cuando no de plástico o madera. Uno, incluso, siempre me ha recordado a la central nuclear de Los Simpson. Pero los aprecio sobre todo por dos razones. La más obvia, por el esfuerzo que hay detrás. Además de escribir, correr es la otra actividad que depende únicamente de mí y que más felicidad me regala. Pero también cuesta, claro. No llevamos motor ni ninguna otra ayuda biomecánica en las piernas, al menos por ahora. Así que cuesta. Y los trofeos son un aderezo a la mayor recompensa, que es, simplemente, el poder hacerlo y disfrutar de ello (y si se pueden rebañar unos segundos al cronómetro, por supuesto que mejor).

Pero también hay otro motivo. Lo que contaré a continuación parece de lo más ingenuo y cándido, pero la que soy ahora reconoce que, sobre todo, admira y añora a esa que fui; su capacidad de soñar limpia, incólume, porque aún estaba aprendiendo a saber qué era romperse. Entre los once y los quince, más o menos, el bádminton era el deporte que, junto con el atletismo, más me gustaba practicar. Y lo hacía todos los sábados, frente a la casa de mis abuelos: lanzaba el volante contra la fachada principal, que da a la N-VI, y jugaba sola. Horas. Al principio recuerdo cómo mi abuelo se enfadaba cuando el volante se desviaba un poco y atacaba (hacía bastante estruendo, lo reconozco) la ventana del comedor. Con el tiempo, fue mejorando mi pericia, y ya sólo impactaba contra la pared blanca. Y recuerdo, sobre todo, aquellas tardes en las que caía el sol a plomo en la Terra Chá: no circulaba casi nadie por esa recta de varios kilómetros, y cada vez que veía un coche a lo lejos pensaba que tenía que esmerarme en el momento en que pasase. El motivo (aquí viene la absoluta ingenuidad): por si en el coche viajaba un ojeador de bádminton. ¿Posibilidades? Una en un ¿billón?, ¿trillón? Pero no por ello dejaba de creer. Y tenía a mi favor, además, la total certeza de que en ningún caso estaba perdiendo el tiempo: tal vez nunca pasaría nadie que fuera a fijarse en lo que hacía, pero mi pensamiento iluso al menos me ayudaba a esforzarme para ser mejor.

Yo quería jugar al bádminton, y ganar trofeos, aunque fuera sólo uno alguna vez. Admiraba lo que había hecho mi primo en tenis, deporte en el que destacó como jugador júnior (y todavía hoy destaca como triatleta). En la estantería de su habitación lucía una decena de trofeos. Yo hacía cuentas: “el primero lo ganó en 1991…, él tenía entonces trece años: me quedan no sé cuántos meses para llegar a tiempo de hacer lo que él hizo”. Pronto superé ese margen temporal; los años fueron pasando (diría que rápido pero, igual que las familias infelices, más bien a su manera), y poco a poco me fui olvidando del asunto.

No me acordé más de los trofeos, ni del deporte más allá del que echaban por televisión, hasta que, hace unos años, volví a correr con regularidad. Salvo uno de los trofeos, que gané de adolescente en una olimpiada matemática (la única olimpiada a la que he llegado hasta ahora, by the way), el resto los he conseguido desde 2014 en carreras populares. Acabo de contarlos: alrededor de sesenta entre trofeos y medallas. Ayer recibí la última, después de bastante tiempo. Después de muchos meses pasando cerca de los estantes o de la percha de mi habitación y sospechando que toda esa chatarra quizás ya sólo sería un recuerdo afilado de mi pasado en las carreras. Una chatarra que comenzaba a volverse plomo sobre mi espalda lesionada. Igual que el pensamiento de que ya he sido lo mejor que puedo ser: el camino, una cuesta abajo, con frenos que sólo funcionan a veces, según cómo tengan el día.

No sólo pasa con las carreras, ni tampoco sólo me pasa a mí, claro. Por ejemplo, en relación con la literatura. ¿Cuántos nos haremos las mismas preguntas? “¿Y si los mejores libros son los que ya he escrito? ¿Y si no vuelvo a ganar otro premio literario? ¿Y si no vuelvo a publicar? ¿Y si las reseñas serán cada vez más un oasis en el desierto?” Y la más temible: ¿y si me bloqueo y no vuelvo a escribir nada más?” Pienso en autores como Rimbaud, Salinger o Rulfo, que fueron capaces de hacer obras maestras y (soy consciente de la simplificación) sucumbir después ante ese peso. También puede extenderse a la parte personal: el temor a ser peor, con los demás y conmigo misma. Porque con frecuencia echo en falta, por ejemplo, ingenuidad, fuerza de voluntad, ilusión o esperanza; intento esforzarme en lo que hago, pero la intención basta pocas veces. Y, en especial, lo que echo en falta es no haber valorado suficientemente el presente: acariciar aquella piel y no contemplar ahora su esqueleto llamado pasado. Como dice Rilke en el poema, nos estamos despidiendo siempre. De los demás, pero sobre todo de nosotros mismos. De eso que somos pero parpadeamos y de repente ya somos otra cosa que pronto también dejaremos de ser.

Casi nunca hay presente sino despedida. Palpar el presente es palpar apenas sus bordes, sino su sombra. Un mero propósito que ni siquiera siempre intentamos. Entonces pienso que habitar plenamente cada instante, sacar al presente de la ausencia, bailar de verdad todos nuestros últimos bailes, sería ese trofeo al que deberíamos aspirar. Un trofeo, claro, de los que no lucen en las estanterías. Como los que realmente importan.

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