El tiempo en Hiroshima avanza en bicicleta

Hay tiempos en los que las palabras no llegan. No llegan porque están lejos y no llegan porque no bastan. El miedo es el fuego para una latencia inflamable.

El mundo pende de un hilo, cantaba Rafael Berrio, y en estos días más que nunca. Los informes climáticos son cada vez más devastadores. La invasión rusa de Ucrania desata un horror todavía más cerca, y el peligro nuclear —¿Hiroshima y Nagasaki no fueron suficiente, no fueron demasiado?— es una amenaza materializable. Hace décadas que la humanidad se sostiene milagrosamente en el abismo. Es probable que llevemos tiempo cayendo al vacío y que sólo nos hayamos dado cuenta ahora.

Sólo vemos la luz,
no cómo nos quemamos.

El mundo pende de un hilo, o al menos el mundo que los ojos del ser humano reflejan. Imagino que lo mejor que le podría pasar al planeta Tierra es que nos aniquilemos en absurdas guerras enraizadas en ansias de poder y nacionalismos y que el resto de animales se queden con este paraíso de vida y abundancia. Sería un mundo sin fronteras, al fin. Sin odio. El mundo ideal, reconozcámoslo, es aquel en el que ya hemos dejado de existir.

Cíclicamente en los parques florecen rosas y rayos gamma

Registro por la tarde un pedazo de ese mundo, de esa plenitud. La primavera anticipada se deja ver en las flores de ciruelos y cerezos, pero la luz sólo seduce aún la superficie de las cosas y en ello ratifica que no se ha ido el invierno. El cielo está completamente azul. Las cotorras firman la banda sonora, pero quienes se dejan ver son las urracas y un mirlo curioso, ensimismado, que no se atemoriza en mi presencia. Durante unos minutos sólo existe esta luz y esta tarde.

Cruza un pájaro la rueda del sol
sin saber de los
tarde.
Sin saber del dolor o de los nunca.

Aunque las palabras no lleguen, aunque ya no lleguemos, habremos estado en el presente muchas veces. Habremos sido presente. Queda hacer lo que esté en nuestra mano hasta que nada deje de estarlo, acompañarnos, dar las gracias. El tiempo en Hiroshima avanza en bicicleta. O no. Queda, desde la sucesión de presentes que nos toque en suerte, detener la rueda mientras estemos aún a tiempo.


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Casa

Mi nueva casa.

Mi casa de nadie, de Violeta González Alegre. Desear la casa, de Rodrigo García Marina. Intentar la casa, de Andrea López Montero. En los últimos meses han caído en mis manos bastantes y buenos libros donde las casas se llenan de poesía y la poesía se erige en hogar.

Iba latiendo en mí esa necesidad de un espacio propio, de un cuarto propio —Woolf siempre en la recámara—. Había ingredientes suficientes para que cristalizaran en una acción. La mudanza no llegó: se despeñó, rodó colina abajo. Fue más rápido de lo que esperaba, porque las piezas han ido encajando como si un hábil marionetista las hubiera guiado por donde ir. Con poco presupuesto, he encontrado un hogar propio que no es un zulo. Es acogedor. No hace frío. Y tiene luz. La luz del oeste llena el espacio cada tarde y después se despide con desgarros violeta. Creo que nos entenderemos bien la luz de Madrid y yo.

Me sorprenden tantos coches de lujo. Tanta gente allá donde vaya. Tantas tiendas y restaurantes que me recuerdan que no tengo dinero suficiente para muchas de las cosas que querría. La luz natural no cuesta por ahora. Dejo que mi mirada se meza en esa luz.

Salgo a pasear y pienso si la mirada es gratuita. En internet nada sale gratis: pagamos con nuestra privacidad, con nuestra intimidad, con nuestros datos. Camino siete kilómetros por el centro y percibo que he pagado un peaje. La mirada se contamina con un lenguaje perverso que se articula continuamente. Dos estratos sociales conviven en un mismo espacio como líneas paralelas. No hay roce ni confusión posible. Nos gastamos lo poco que tenemos —y a veces lo que no tenemos— para que todo siga igual. Mientras tanto, nadie mira a los problemas importantes. La crisis democrática y la crisis medioambiental no emergen en las videopantallas ni en los reels de Instagram. Tampoco han tenido nunca luces de neón.

En la mirada siempre hay muchas miradas previas. Supongo que llevo en mí la reciente y estimulante lectura del ensayo El fracaso de lo bello, de Pablo Caldera. Veo unas piedras a la entrada de una casa y en mi cabeza resuenan las calaveras infantiles del osario de Wamba. Dice Raúl Zurita que «invisibilizar la muerte es uno de los pilares que sostienen al capitalismo. Si la muerte es central […], no queda claro que sea crucial distinguir entre dos marcas de jeans.». La muerte es el mayor tabú en Occidente ahora mismo. Me pregunto si una mayor conciencia de la muerte podría ser el principio para construir una sociedad mejor.

Compré una planta de azucenas hace dos semanas y ahora ya languidece. Retiro sus hojas secas y le pido perdón. De fondo, Júlio Resende. Eu amo todas as coisas mas sempre mais as que estou vendo. A través de la única ventana miro la luz. La ciudad está latiendo al fondo y a la vez en otra parte. Yo voy construyendo mis propios latidos lentamente en el nuevo hogar.


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Diciembre existe

Anochecer del día de Navidad en 2009

Empieza el mes de diciembre, y con él las listas y balances de este año. Listas de las canciones más escuchadas, listas de los mejores libros, las mejores películas, los mejores momentos. Balances de lo vivido y lo que falta, de lo que tal venga al fin el año próximo. Todo el mundo tiene prisa por despedir a 2021, como si estos treinta y un días de diciembre formaran parte de un limbo que no pertenece a ninguna parte. Queremos cerrar cuanto antes el relato que nos contamos de este año, y no nos gustaría que la noticia ya precocinada, casi terminada de redactar, se vea empañada por una verdad de última hora que pueda emerger en diciembre. Y así a diciembre se le pone siempre el mismo cartel frente a los ojos. El de No molestar.

Mientras tanto, la sociedad sí molesta a diciembre. Lo satura de Navidad, aun muchas semanas antes. Lo satura de una celebración impuesta e impostada, porque, mientras no llegue Nochebuena, lo único que celebran las calles es el consumismo exacerbado. Es la falacia de todo va bien porque ya hemos puesto las lucecitas. Es la farsa de que nuestros deseos están al alcance de una tarjeta de crédito -aunque no siempre la tarjeta de crédito esté tan al alcance-.

Diciembre, por tanto, está henchido de pasado, de mero mes recopilatorio, de reflexión, y está henchido de futuro, de esa huida hacia adelante que protagoniza el monstruo capitalista con disfraz de tierno Papá Noel. Si cada vez es más difícil advertir el presente, aferrarse al ahora en vez de bifurcarse en recuerdos y ensoñaciones, en diciembre la dificultad de la tarea se vuelve asombrosa. “Es diciembre y no abril el mes más cruel, quién se lo iba a negar”, canta, contradiciendo a Eliot y con razón, Nacho Vegas, quien habrá experimentado en primera persona el castigo de haber nacido en este mes ingrato. Los regalos nunca son sólo de cumpleaños, las felicitaciones por cumplir un año más se injertan casi inadvertidas entre los deseos para el año nuevo. No es una buena época para nacer, ni tampoco para morir, como supe cuando mi abuelo murió hace dieciséis diciembres. Si la muerte es siempre molesta, porque recordar nuestra finitud y fragilidad no encaja bien con consumir como si no hubiera un mañana, todavía lo es más cuando las palabras felices y vacías colman los discursos y el champán ya está servido en la mesa.

Así que diciembre existe. Existen en él los hallazgos, las nuevas lecturas o músicas que todavía están por descubrir, existe lo inesperado, lo inefable, lo inconcluso, lo imperfecto. Existe la vida, en definitva. Y existe la luz. No me refiero, precisamente, al derroche obsceno de luces que gastan electricidad en las calles, sino a esa luz frágil, vulnerable, que alumbra de la torpe manera en que puede durante el día. Una luz hecha a base de sombras, oblicua, que acaricia los contornos con más suavidad que nunca. Es la luz hecha espejo, la luz más humana posible, porque está hecha de error, de imperfección, de falta. No deslumbra, sólo acoge. Aunque el desquiciamiento general nos empuje a otras direcciones, sólo por esta luz el mes merece ser vivido. Celebremos estar en él. Feliz 2021 aún, feliz diciembre.

Bienvenido, mister Hyde

Si el doctor Jekyll y el señor Hyde tuvieran un equivalente en el tiempo, podrían corresponderse con esos días de octubre previos al cambio de hora. Seis de la tarde: la luz se derrama oblicua, se intuye y se confirma la sombra que hay detrás. Pero la tarde todavía es razonablemente larga, la claridad se apaga despacio, predomina la abundancia, lo suficiente y lo bastante, es aún el amable doctor Jekyll quien está al mando. En cambio, por las mañanas, la noche es tan oscura que hace falta un buen puñado de fe para imaginar que en esa oscuridad está comenzando un día. Es sólo a partir de las nueve cuando se asoma algo de luz, cuando toda una sociedad de topos están llegando o han llegado ya diligentes, obstinados, al trabajo. Es el señor Hyde evidenciando lo más oscuro de las personas. Es, en definitiva, lo que tiene vivir bajo las reglas de un horario de verano -en pleno otoño- de Europa Central -en el extremo occidental del continente-.

Pero la luz, como suele ser habitual, no es nada más que un síntoma. Un síntoma de un tiempo cada vez más desquiciado, de máscaras, mascarillas y dobles morales, un tiempo donde persona ha deshecho sus pasos hasta atrincherarse en lo más hondo de la etimología: la honestidad falta para ver qué hay detrás. Quién se atreve a bajar al sótano, a recorrer la prisión, a mirarle a los ojos a esa noche impertinente, a esa noche que no debería estar ahí.

Por ello nos limitamos a los sueños, a creer que todavía hay algo de verano en esas migajas de luz a las seis de la tarde, esa ilusión de que todavía no hay que afrontar el invierno, esa ilusión de que la farsa puede estirarse. Pero sólo hay una luz engañosa y una noche no asumida. En la inconsciencia, el monstruo crece, y nunca había estado tan alimentado como en esta época. Como dijo Hartmut Rosa, tendemos a olvidarnos de lo que “realmente” queríamos hacer y quiénes “realmente” queríamos ser […], porque nunca encontramos tiempo para ser él o ella. Todos los días hay que atender al trending topic de turno, verter una opinión en la red social preferida, leer y enfadarse con lo que piensan los demás. Ya nos pondremos a recorrer el camino correcto el próximo mes, o el año que viene, o en el septiembre de turno. Nuestro amigo Hyde conoce hasta el milímetro la forma en que procrastinemos, conoce nuestros miedos y los dibuja como el mejor guionista en esas pesadillas nocturnas que se asoman punzantes por la mañana pero se olvidan poco después, conoce el programa de TV intrascendente en que podremos verter al sumidero tanta frustración.

El señor Hyde está ahí, su llegada es siempre inminente, así que tal vez habría que recibirlo con pancartas, al estilo de la célebre Bienvenido, mister Marshall. Es cierto que el monstruo pasará de largo. Pero al menos le habremos puesto nombre. Igual que a esa noche que trepa aún por las mañanas. El invierno no es menos invierno sólo porque no acertemos a nombrarlo.

El realismo del calamar

 

Imagen: Netflix

Las distopías siempre me han parecido uno de los géneros más realistas. ¿Qué mejor libro que 1984 para hablar de la manipulación a través del lenguaje? ¿Fahrenheit 451 y el control de la población a través de los medios de masas y la ignorancia? ¿Un mundo feliz y las drogas que no permiten la tristeza, pues siempre tenemos que estar produciendo?

El juego del calamar, la serie de Netflix de moda, es heredera de la mejor tradición distópica. Es decir, es una obra realista. Los protagonistas son personas endeudadas que se juegan la vida por la promesa de una suma económica que pondría fin a sus problemas. La forma de jugarse la vida tiene lugar, precisamente, a través del juego, de lo infantil, de ese espacio íntimo en el que, en teoría, las garras del neoliberalismo no intervienen, un espacio que respetan y suelen dejar al margen. Pero sólo en teoría, sólo en apariencia: cuántas personas se presentan voluntarias a jugar a cruzar el mar en patera, cuántas personas juegan a saltar vallas y a esquivar concertinas, cuántas personas juegan a subirse a los bajos de un camión, cuántas personas juegan a subirse a lomos de La Bestia o El tren de la muerte, cuántas personas juegan a agarrarse al avión en un despegue porque prefieren la esperanza ínfima y el final probable antes que la certidumbre de quedarse en tierra y no poder escapar.

Ésos son los juegos más evidentes, pero, en mayor o menor medida, todos jugamos. Jugamos a seguir las reglas de la sociedad: primero los estudios, después un trabajo, después una familia, después una jubilación, después la muerte. Jugamos a subir fotos con filtros y simular que nuestra vida es otra, jugamos a dejarnos la salud a cambio de las horas de trabajo, jugamos a dejar que los sueños se pudran hasta un futuro que tal vez no alcancemos nunca, jugamos a no ayudar a otras personas porque estamos demasiado ocupados en salvarnos a nosotros mismos, jugamos a ver indiferentes la desgracia porque ellos son los otros y han perdido y nosotros aún podemos seguir jugando. El bote crece, la promesa todavía es más grande, y jugamos y jugamos y casi siempre la vida se va antes de que cualquier premio considerable llegue.

No hemos firmado ningún contrato, nadie nos avisa de que el juego va a comenzar. No escuchamos El Danubio azul mientras subimos por unas escaleras de colores. La angustia no es tan intensa. Pero es angustia. La violencia es más sutil. Pero es violencia. ¿Qué posibilidades tenemos de abandonar del juego, de negarnos a jugar? ¿Qué posibilidades tenemos de ganarlo? ¿Cuál sería el precio de ganar cuando las reglas de juego son tan perversas?

A un lado y otro de la pantalla, compartimos tablero. Por ello, la temporada termina en el metraje pero no en la memoria. La habitación 101 es una invención de Orwell, pero es real, existe. El juego del calamar también.

¿Y si no hubiera dilema?

 

Imagen: Gerd Altmann

Cuando me enteré de que se estrenaba el documental El dilema de las redes sociales (de Jeff Orlowski, disponible en Netflix), lo primero que pensé es que, personalmente, me resultaba oportuno: pocos días antes me había decidido, al fin, a cerrar la cuenta de Facebook, y a usar de manera limitada y consciente Twitter e Instagram. Debo reconocer que su visionado me dejó más o menos como estaba: las advertencias que se lanzan, a estas alturas, son ampliamente conocidas (que en ellas somos el producto, que siguen el mecanismo de recompensas de las tragaperras, que manipulan las emociones…) y una parte considerable del metraje abarca una dramatización que, en el mejor de los casos, es insípida y, en el peor, chirriante. De todas formas, un documental de esta temática, que pueda llegar a personas que nunca se habían cuestionado hasta ahora la amenaza de las redes, siempre habrá sido más pertinente que su ausencia.

Pero un punto que no se puede dejar por alto es la jerarquización fallida de sus peligros: no todos los problemas están al mismo nivel. A lo largo del documental se incide especialmente en la manipulación de emociones, en los cambios de comportamiento que provoca, pero no tanto en el déficit de atención que se está generando en un vastísimo porcentaje de la población mundial. Yonquis de la dopamina, somos una sociedad que a duras penas es capaz de sumergirse en una tarea. Que está pendiente de la siguiente notificación, de lo que estará sucediendo por Facebook, de lo que se habrá perdido en Twitter. La atención, ya de por sí frágil, no sobrevive en un campo minado de avisos y distracciones. Y, sin esa capacidad de concentración, todo tiende a volverse superficial. La progresiva falta de discernimiento y de pensamiento crítico son, en último término, consecuencia de esta insuficiencia de atención.

Si esta cuestión no está suficientemente tratada en el documental, hay otras dos que prácticamente ni se mencionan y son cruciales: la virtualización de la vida (que conlleva su degradación, que nos conformemos con un sucedáneo mediado por pantallas) y la necesidad urgente de decrecimiento: un decrecimiento económico que, por fuerza, también debe ser tecnológico. En algún momento se dice que la tecnología no es la amenaza sino el uso que se hace de ella. Pero sí lo es de forma inmanente: el nivel de tecnologización actual ya no es sostenible. Y las redes sociales, al igual que Google, Amazon y demás servicios y aplicaciones, requieren millones de servidores en funcionamiento. Los servidores, hardware, y el hardware, desbordantes cifras de energía y consumo de materiales críticos.

El documental, recordemos, se titula El dilema de las redes sociales. Pero lo que habría que preguntarse es: ¿realmente hay dilema? ¿Qué ventajas intrínsecas tienen las redes? Por supuesto, para Mark Zuckeberg y los demás creadores y ejecutivos presentan una obvia ventaja lucrativa. También para los anunciantes, que se dirigen a un público objetivo mucho más afinado, casi a la carta, un disparo en la diana al que hace unas décadas no podían acceder ni en sueños. Y, finalmente, podríamos incluir en este grupo a las empresas y autónomos que las utilizan para promocionar su producto o servicio particular. Es decir, para vender sí son provechosas. Pero ¿para el resto de los mortales, que desempeñarán en ellas solamente el papel de producto? Alguien podría decir: son útiles para comunicarme con mi familia, amigos, etc. Pero hace una década, hace dos, ¿acaso no nos comunicábamos? ¿Es comunicarse ver una foto con una falsa sonrisa y veinte filtros? ¿Las enésimas fake news que comparte esa persona que ni saludas por la calle? ¿Un vídeo de un gato? ¿Qué tal si empezamos con palabras? Un “hola”, un “cómo estás”. Y escuchar. Sin botones de like o retweet.

En el DRAE figura lo siguiente como primera acepción de dilema: “Situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas.” Pero, en lo referente a las redes, el dilema sólo podría existir para quienes siguen haciendo dinero con ellas. Para las demás personas y para el planeta Tierra, hay un único lado posible de la balanza. Sus brazos no son equiparables, y el futuro que nos espera dependiendo de cuál elijamos, tampoco.

La nueva normalidad era esto

Foto: Michal Zacharzewski

Si nos movemos por la red, todos los días nos llegan decenas, cientos de estímulos. De repente al cocodrilo del Pisuerga lo devora Miley Cyrus en la Moncloa, cuando llega una nueva fecha para el fin del mundo según los mayas. Si ya apenas hay tiempo para deglutir, todavía menos para establecer relaciones, encontrar cierta coherencia. Pero en la semana pasada, además de los asuntos triviales que menciono, salieron a la luz dos noticias que no deberíamos pasar de largo: cada una de ellas individualmente, por supuesto, pero también de manera conjunta.

El miércoles 10 de junio salía a la luz un argumentario firmado por el PSOE en el que se posicionaba dentro del “feminismo” tránsfobo, en contra de la autodeterminación sexual y diferenciando entre mujeres de primera, cis, y de segunda, trans. Como mínimo, hay tres graves problemas aquí: la negación de las mujeres trans -no es necesario haber nacido mujer para sentir la discriminación por ser mujer-, la simplificación extrema de una realidad a un modelo binario -no todo es blanco o negro, cero o uno, hombre o mujer- y el priorizar que no se hagan trampas en un marco legal que proteja los derechos LGBT+ antes que los propios derechos de las personas transexuales y transgénero. Es decir, este texto -y en consecuencia este partido- sabe ponerse en el lugar del futuro infractor, pero no así en el del vulnerable y vulnerado. Una forma de empatía perversa.

El viernes 12 de junio, sólo dos días más tarde de que se diera a conocer el argumentario tránsfobo, salta la noticia de que también el PSOE pretende ir eliminando el dinero en efectivo de la circulación en España. Se repite la tríada de peligros. En primer lugar, el fáctico, que es una privación de las libertades -el estado cede por completo a los bancos la función de panóptico-, y especialmente para las personas de rentas más bajas, que no siempre dispondrán de tarjeta de crédito / débito, tal vez ni siquiera de cuenta bancaria. Además de ello, está el factor de la vulnerabilidad ante una forma de manejar el dinero que no se conoce con la profundidad adecuada. En segundo lugar, el retrato del mundo que con esta propuesta se está dibujando: dar por hecho que todas las personas tienen su cuenta en el banco y su tarjeta, dar por hecho que todas las personas tienen papeles y están en una situación de legalidad como para poder abrirse una cuenta bancaria, dar por hecho que todas las personas saben utilizar adecuadamente estos instrumentos, dar por hecho que internet llega a todas partes y se podrá efectuar cualquier pago hasta en el lugar más recóndito, dar por hecho que no habrá ningún apagón electrónico o hacking a las entidades financieras y de repente todos nos sintamos estúpidos e indefensos. Finalmente, el tercer problema: plantearlo como una solución para recaudar más impuestos y luchar contra la economía sumergida. ¿Y si luchamos antes contra los paraísos fiscales, las sociedades que se inventan personas físicas para evadir, y demás formas semilegales o alegales de pagar menos — y que, precisamente, lleva a la práctica quien más tiene? Pero no, vamos a celebrar que una persona que apenas llega a final de mes tenga que pagar sí o sí al completo sus impuestos. Quizá, por ejemplo, 100 euros, que para el Estado no son nada, y para una familia puede suponer completar el pago del alquiler o que la desahucien, o tener para comida y necesidades básicas. Ningún fraude fiscal es deseable, cierto, aunque sea a pequeña escala, pero todavía lo es menos que se ahonde en la desigualdad: sin dinero en efectivo, la economía sumergida continuará, con criptomonedas y con fórmulas de evasión de impuestos de las que los más ricos sí se seguirán beneficiando.

Por tanto, ambas cuestiones, la tránsfoba y la económica-aporófoba, pueden analizarse desde el mismo prisma: son propuestas preocupantes por lo que en sí mismas conllevaría implantarlas, por la visión del mundo que presuponen y por privilegiar que se eviten ciertas trampas a los derechos de los más vulnerables. Así que esto era la nueva normalidad, esa realidad a medida de las ideas preconcebidas. Y si algo no encaja, se queda fuera. La realidad no es simple, no todo el mundo es y ha sido siempre hombre o mujer, no todo el mundo tiene o sabe usar una tarjeta de crédito. Pero la nueva normalidad parece que es la simplificación de la norma, de la horma, de manera que se vuelve más agresiva de lo que ya era: si encajas en lo normal, bien. Si no, fuera. Ya no es que estés al margen: no existes. Todavía menos que antes.

El virus de lo normal

Imagen: Sergey Zolkin

La semana pasada, Isaac Rosa publicaba este acertado artículo donde desmontaba el hipotético síndrome de la cabaña del que tanto se ha oído hablar últimamente. Por supuesto que no hay ningún síndrome. Lo patológico es el ritmo de vida que buena parte de la sociedad llevaba en los tiempos pre-coronavirus.

Lo que sí me ha llamado la atención, sin embargo, es leer en el artículo y comentarios que, hasta la llegada de este paréntesis obligado, muchas personas no habían podido parar. En algunos casos, ni siquiera habían podido pararse a pensar que su vida estaba lejos de llenarlos -y, en cambio, cerca de acabar con ellos. La alienación y aceleración de otro Rosa, Hartmut Rosa, llevada al extremo. Tan sintomático, tan preocupante: en qué mundo desquiciado vivimos para que mucha gente haya necesitado una pandemia para darse cuenta de que ésa no era la vida que quería. Para que no haya podido parar hasta ahora, reflexionar sobre ello y tratar de cambiarla.

¿Cuántas pandemias, cuántas catástrofes necesitamos para apostar de una vez por todas por el decrecimiento, por el comercio de proximidad, por abandonar el consumismo desaforado? ¿Cuántas pandemias hasta que pensemos, no como un camino utópico sino indispensable, en alternativas al capitalismo, al progreso suicida, a la tecnología deshumanizadora? ¿Cuántas pandemias necesitamos para aproximarnos a la vida que queremos vivir? Norma, en latín, significaba escuadra. Y alguien suele coger esa escuadra y trazar los preceptos, los valores y la vida por nosotros. Alguien mancha el papel con precisión quirúrgica y fija el desenfreno, el disparate a velocidad estratosférica hacia la catástrofe. Y a eso le llamamos normalidad.

Pero la normalidad no debería ser volver a lo mismo, volver a lo que nos digan que es normal, ya sea en la antigua o en la nueva normalidad. Nuestra cabeza y manos no son inútiles y con ellas podríamos ir diseñando una normalidad propia, día a día: con nosotros mismos y nuestro entorno, las personas más próximas. Evidentemente, no siempre es posible decidir, no todos partimos con un papel en blanco: hace falta cubrir las necesidades básicas, hacen falta techo y comida, puede que sobren problemas de salud, y muchas personas se ven abocadas a escoger, entre dos callejones horrendos, el menos malo, el que tal vez pueda conducir a un sucedáneo de salida. Pero, otras veces, seguimos por un camino indeseable por inercia, porque es el de la mayoría, porque siempre se ha hecho así, porque era lo que alguien esperaba de nosotros…

Al menos, contra el virus de la normalidad, de esa normalidad, sí que hay una vacuna: pararse, reflexionar, pensar qué depende de una misma -y qué no-, qué se puede hacer, como individuo, y dentro de la especie, de una especie más del planeta. Permanecer en la rueda de la aceleración y el consumismo, seguir con la destrucción del medio y aferrarse a la entelequia del progreso sólo son síntomas de una sociedad crónicamente enferma.

La mini rueda de hámster

La mini rueda de hámster

‘El pensador’, Auguste Rodin

Esta semana los niños vuelven a “clase” después de sus “vacaciones”. Tal vez hasta la misma realidad debería estar puesta entre comillas… ¿Es tan urgente que se retomen los temarios, que no pierdan materia, que sigan al pie de la letra el currículo? Buena parte de los profesores son conscientes de que no lo es, pero la fábrica de la educación no se para: unos siguen órdenes de otros sin que se sepa bien quién tiene la potestad de detener la cinta transportadora. Indudablemente sería más provechoso que los niños aprendieran, en esta situación inaudita para todos, a cuidar de los otros, ayudar en casa, refugiarse en la creatividad — escribir, dibujar, lo que sea — , conocer sus emociones, expresar sentimientos. Para paliar las desigualdades familiares, económicas y sociales, algunas pautas serían necesarias, pero no serían falta demasiadas: motivar la lectura y hacer reseñas, o escribir un diario, en las asignaturas de Lengua, leer sobre pandemias y otras situaciones críticas del pasado en Historia… Pero no habría que asignar tareas contingentes y absurdas. Aprender de lo que sucede, aprender a querernos y a cuidarnos, es la mejor — y la única — tarea sensata y posible ahora mismo.

Pero el mundo parece que no puede parar. Son semanas insólitas y sin embargo hay que seguir trabajando. En lo que sea: que el progreso no pare aunque vayamos directos al precipicio. Hay dos motivos por los que parar, parar de verdad, arañar según las circunstancias algo de tiempo y calma, sería verdaderamente necesario. Uno de ellos, precisamente, atañe a la economía: el decrecimiento económico. Que la economía siga funcionando, no importa en qué condiciones de incertidumbre y precariedad, no sería urgente si se comenzaran a pensar en modelos alternativos al capitalismo, y si se empezara a dar a la biosfera y al cambio climático la importancia que requieren. Pero para pensar primero haría falta justo eso: parar.

El otro motivo tiene que ver con la salud. La salud física y mental. Buena parte de la población vive — vivimos — en pisos sin terraza; tampoco tenemos una casa con jardín. La falta de vitamina D, sumada a la merma o ausencia de ejercicio físico, lleva a que nuestro sistema inmunólogico esté inevitablemente más débil. Nos encontramos más débiles frente a cualquier virus o infección que ande por ahí, pero también afecta a nuestra salud mental, ya puesta forzosamente en jaque por la situación que estamos viviendo. Ansiedad, depresión, insomnio, desequilibrios varios… A mí me suceden algunos de estos problemas, a personas cercanas también, a desconocidos que leo en las redes también, y no vamos a ser excepciones. Seguimos realizando trabajos — si tenemos la suerte de conservarlos — no siempre imprescindibles, en general, y en estos tiempos en particular. Pero tenemos que seguir desempeñándolos, sin la salvaguardia de la naturaleza y el deporte, con el miedo en relación con la salud y la incertidumbre económica, sin poder abrazar a muchos seres queridos, o quizás cuidándolos, o llorándolos…

Y en este desquiciamiento estamos. Lo que llamábamos hasta ahora normalidad ya era una locura, y ésta es una locura todavía más grande. Niños, adultos: todos necesitaríamos parar. Parar de eso que externamente alguien decide catalogar como urgente, y volver al fin a lo importante. Cuidar de los otros, demostrar afectos. E incluso volver al dolce far niente, si nuestras coyunturas vitales así lo permitieran. Pero parar.

Como dice Hartmut Rosa en Alienación y aceleración — una lectura recomendable siempre, y por qué no en estos días — , [el hombre moderno] se siente atrapado en una rueda de hámster, su apetito por la vida y el mundo nunca queda satisfecho, [y] se frustra cada vez a mayor escala. Pues las circunstancias han hecho que esa rueda tan conocida para la mayoría de nosotros haya visto reducidas sus dimensiones. Se ha vuelto más asfixiante. Y sin embargo sólo corremos y corremos, sin saber, menos que nunca, hacia dónde. Mientras vemos cómo se nos va quedando cada vez más lejos el sueño de parar.

No somos juncos

No somos juncos

‘Estudio de juncos en Argenteuil’, Claude Monet

A estas alturas, no hay ninguna canción que le pueda discutir a ‘Resistiré’ su posición hegemónica, casi de himno, en estos tiempos de pandemia. Reconozco que no le había prestado demasiada atención hasta que, por curiosidad musical (¿se puede considerar un cover de ‘I will survive’ o no?), la escuché en bucle unas cuantas veces. (La respuesta a la pregunta: no exactamente. La melodía es mucho más similar que la armonía, pues los acordes no van descendiendo por el círculo de quintas.)

Pero el problema de esta canción no es en absoluto la música. Es la letra o, dicho con más precisión, la adecuación de la letra a este contexto histórico. “Resistiré, erguido frente a todo”, se canta desde ventanas y balcones. “Soportaré los golpes y jamás me rendiré”. Unas palabras que, por desgracia, ya no pueden cantar las casi quince mil personas fallecidas hasta el momento (8/4/20) por la COVID-19 en España, ochenta y siete mil en el mundo. Según esta narrativa, se habrían rendido. Una narrativa ya cerrilmente generalizada para otras enfermedades, en especial con el cáncer. Se pierde la batalla. ¿Acaso no se ha luchado lo suficiente? Es un discurso extremadamente perverso. Reducir las enfermedades a una cuestión de voluntad. Responsabilizar a la persona enferma de que no ha puesto suficiente empeño por salir adelante.

Porque no importa cuánto queramos o no resistir, cuando la vida es la otra cara de la muerte. Quien se rompe, quien se muere, no es más débil, no ha perdido ninguna guerra. Vive, y por eso algún día tiene que morirse, y por eso nos moriremos todos. La mentalidad bélica, su metáfora — extendida también a nivel social en esta crisis, y que se analiza muy bien aquí — es, al fin y al cabo, de quien nos quiere piezas del tablero. Pero esto no es Risk. Ni somos fichas de plástico, ni los virus, enfermedades y amenazas son nuestro enemigo. Frente a visiones reduccionistas y maniqueas, donde al coronavirus le toca desempeñar estos días el papel del malo, hace falta tener presente la biosfera, saberla frágil al igual que todos nosotros. Y no olvidar que, a diferencia de otros seres vivos, los humanos contribuimos a destrozar este milagro del que formamos parte.

Resistiré: tal vez. Pero la resistencia está en lo que elegimos hacer, con nuestros límites, con nuestro tiempo ignoto y limitado. No somos juncos. Somos, al igual que el junco, una especie más aquí en la Tierra, que hace — debería hacer — lo que esté en su mano por ella misma y por los seres a su alrededor. Poco más. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta resistir de esta forma.

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