Cuatro apuntes y un sendero bifurcado

Cuatro apuntes y un sendero bifurcado

  1. Sobre el ruido. El ruido en las redes sociales y en los medios de comunicación ha llegado a niveles muy altos. Igual que en las inundaciones escasea el agua potable, la avalancha de supuesta información se lleva por delante todos los atisbos de verdad. Hacía tiempo que no me costaba tanto escribir como en este momento. Poner en orden el pensamiento, sobre todo, teclear alguna reflexión coherente, algo que ataña a lo que está sucediendo. Más que nunca, todo el mundo parece tener una opinión. Salen de debajo de las piedras descendientes de inquisidores o de miembros de la Gestapo. Normalmente, tenemos recursos para escapar de ese ruido: en mi caso, me salva salir a correr y reconciliarme con mi cuerpo y el mundo, pasear y darles los buenos días a los pájaros. Pero en este momento no puede hacerse. Sólo una reclusión todavía mayor, evitando caer en las garras de internet en lo posible, ayuda a mitigar el ensordecimiento, alejarse del muladar a base de decibelios vacíos de una locura colectiva.
  2. Sobre el colapso. Podríamos entender esta situación como un simulacro ante el colapso ecosocial que se nos viene inevitablemente encima. Un simulacro en el que pudiéramos aprender algo sobre cómo actuar. Pienso en el colapsar mejor de Jorge Riechmann. ¿Estaremos a tiempo de colapsar mejor? ¿Podríamos sacar algo en limpio de esta crisis? Lo cierto es que el confinamiento puede servirnos para valorar — si antes no lo hacíamos, o más si cabe si ya lo teníamos en cuenta — lo esencial: un paseo, una conversación, la naturaleza, un abrazo. Apreciar la harina mientras dejamos otros elementos en el cedazo: advertir que no es imprescindible subirse a un avión para reuniones que pueden solventarse por llamadas o videoconferencias. Advertir que buena parte de los turistas en el mundo no repiten hasta la saciedad más que una versión sofisticada de grabar en el pupitre o en un árbol “Fulanito estuvo aquí”: para salir dándole la espalda a lo que, en teoría, buscamos contemplar, no hace falta seguir masacrando el medio ambiente. Advertir que ya no habrá vuelta a la normalidad, que aquello a lo que llamamos normalidad no era más que una alucinación de la que masivamente fuimos partícipes. Progreso. Crecimiento. Ja. Podemos progresar pero, si nos dirigmos hacia un abismo, nos despeñamos. Y el abismo iba a llegar, o va a llegar si es que no estamos ya en él: como ese personaje de dibujos animados que se queda suspendido en el aire, segundos antes de caer definitivamente, buscando con desesperación el suelo que ya ha quedado detrás.
  3. Sobre la ¿oportunidad? No seamos ingenuos. Me encantaría que se cumplieran las previsiones de Žižek, pero esto no supondrá ningún golpe al capitalismo. Al menos la inercia no será ésa. Si no se hace ninguna presión desde abajo, esta situación, precisamente, les permitirá a las élites legitimarlo aún más si cabe. Hablaba Byung-Chul Han, también estos días, de algo que me parece clave: frente a las gravedad de la pandemia en bastantes países de Europa, o el terror que se avecina en EEUU, China se va a erigir probablemente como modelo de sociedad que logra aplacar con éxito una situación de este tipo. Podrá exportar su modelo de hipercontrol, basado en las cámaras de vigiliancia que proliferan como moscas, la inteligencia artificial que posibilita el reconocimiento facial y la geolocalización, entre otros medios tecnológicos. Independientemente del origen del SARS-CoV-2 — que, por los estudios realizados hasta ahora, parece haber aterrizado fortuitamente en el ser humano — , no puede descartarse que, en un futuro no muy lejano, algunos sujetos decidan diseñar en el laboratorio virus similares cada cierto tiempo, de manera que entremos en un bucle de pandemias: y poco a poco nos quieran más dóciles, más controlados. El terror hacia algo invisible es el sueño de quienes ambicionan someter a la población y acrecentar sus privilegios. No tenemos mucho margen de maniobra: la tendencia será una grave depresión económica, recortes, merma del estado de bienestar. Y alguien que no llega a fin de mes ¿podrá pensar en el fin del planeta, en el cambio climático? Esto no pinta muy bien. Por ello llamar a esta situación de oportunidad me parece desde cándido hasta negligente. Si teníamos el agua al cuello, ahora está en la barbilla. Como dice la canción de Muse, Time is running out. El tiempo estaba agotando, y en esta crisis del coronavirus hemos pasado de 33 a 45 revoluciones. Nada más.
  4. Sobre política. En estos días he leído, entre otras cosas, el ensayo de Christophe Guilluy titulado No society. El fin de la clase media (Taurus, traducción de Ignacio Vidal-Folch Balanzo). Lo empecé casi al azar — todo sea por no desnutrirse de libros en este encierro — y ha resultado muy pertinente para el tiempo que vivimos. Entre otras cuestiones, realiza una crítica a la izquierda (la izquierda con representación parlamentaria) que yo también llevo rumiando desde hace unos a
    ños: la izquierda de la burguesía, de los universitarios, de las élites, está demasiado alejada del pueblo. Habla otro lenguaje, hay una falta total de empatía por ambas partes. Si una persona desempleada en el rush belt americano tenderá a identificarse más con las bravuconadas de Donald Trump que con Bernie Sanders — o, por supuesto, la tecnócrata Hillary Clinton — , aquí sucede algo análogo. Es un proceso global: la extrema derecha conquista territorios donde la izquierda ha desertado o que, directamente, con la mayor de las arrogancias — e ignorancias — , no le interesa. ¿Puede la izquierda — PSOE, y sobre todo UP — reinventarse? ¿Puede llegar a ese porcentaje considerable de población que ya no confía en los políticos, que dice que todos son iguales? Estamos en un punto de partido y lo esperable es que no tengamos la suerte del protagonista de la peli de Woody Allen. Lo esperable es que perdamos el punto y el partido. Pero quiero creer que los políticos de izquierda — que, no olvidemos, están ahora mismo en el poder, y pueden equivocarse pero también, incluso, tomar buenas decisiones — al menos lucharán este punto. Porque es su (nuestro) último punto. El péndulo irá al otro lado, y sabemos por experiencia de la crisis anterior que los recortes siempre son recortes, pero no son siempre iguales según a quien le corresponda hacerlos.
  5. Y un sendero bifurcado. Primero, tenemos que salir de ésta. Partimos de pocas certezas, pero algunas sí que hay, sí que podemos intuirlas. Por ejemplo, que el mundo a partir de ahora será distinto, que será imposible — e indeseable — volver a la normalidad, da igual que lo pretendamos o no. Que se acerca una recesión, que dirán que los recortes son inevitables, que es el precio que nos ha tocado pagar por la lucha sanitaria y el confinamiento necesario. Pero, cuando menos, podemos elegir dos caminos. El primero de ellos, el más fácil a primera vista, el de la inercia, es aceptar el discurso neoliberal dominante: y seguir montados en el ecocidio, seguir destruyendo el planeta a la vez que menguan nuestros derechos, bienestar y libertades. Pero hay otro camino. El camino de valorar lo importante, como esos placeres simples que enumeraba antes y que durante este tiempo de encierro tanto anhelamos. Y aproximarnos a la naturaleza. Abrazar la solidaridad, fortalecer los vínculos. Destruir el capitalismo erigiendo desde la base otras formas más humanas y menos antropocéntricas de relacionarnos. Demostrar. Ser honestas con nosotras mismas y los demás. Confiar, construir. Sabiendo en todo momento que esto no es una oportunidad de nada. Pero sabiendo, a la vez, que el horizonte está oscuro pero no del todo, que aún podemos salvar el planeta y, de paso, salvarnos como especie. Como una especie más, igual de frágil y de prescindible o no que las otras. Recordemos: los árboles recobran estos días sus hojas, los pájaros siguen con su canto. Ellos siguen. Ahora nos toca aprender a seguir — con ellos, sin darles más la espalda — a nosotros.

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