La nueva normalidad era esto

Foto: Michal Zacharzewski

Si nos movemos por la red, todos los días nos llegan decenas, cientos de estímulos. De repente al cocodrilo del Pisuerga lo devora Miley Cyrus en la Moncloa, cuando llega una nueva fecha para el fin del mundo según los mayas. Si ya apenas hay tiempo para deglutir, todavía menos para establecer relaciones, encontrar cierta coherencia. Pero en la semana pasada, además de los asuntos triviales que menciono, salieron a la luz dos noticias que no deberíamos pasar de largo: cada una de ellas individualmente, por supuesto, pero también de manera conjunta.

El miércoles 10 de junio salía a la luz un argumentario firmado por el PSOE en el que se posicionaba dentro del “feminismo” tránsfobo, en contra de la autodeterminación sexual y diferenciando entre mujeres de primera, cis, y de segunda, trans. Como mínimo, hay tres graves problemas aquí: la negación de las mujeres trans -no es necesario haber nacido mujer para sentir la discriminación por ser mujer-, la simplificación extrema de una realidad a un modelo binario -no todo es blanco o negro, cero o uno, hombre o mujer- y el priorizar que no se hagan trampas en un marco legal que proteja los derechos LGBT+ antes que los propios derechos de las personas transexuales y transgénero. Es decir, este texto -y en consecuencia este partido- sabe ponerse en el lugar del futuro infractor, pero no así en el del vulnerable y vulnerado. Una forma de empatía perversa.

El viernes 12 de junio, sólo dos días más tarde de que se diera a conocer el argumentario tránsfobo, salta la noticia de que también el PSOE pretende ir eliminando el dinero en efectivo de la circulación en España. Se repite la tríada de peligros. En primer lugar, el fáctico, que es una privación de las libertades -el estado cede por completo a los bancos la función de panóptico-, y especialmente para las personas de rentas más bajas, que no siempre dispondrán de tarjeta de crédito / débito, tal vez ni siquiera de cuenta bancaria. Además de ello, está el factor de la vulnerabilidad ante una forma de manejar el dinero que no se conoce con la profundidad adecuada. En segundo lugar, el retrato del mundo que con esta propuesta se está dibujando: dar por hecho que todas las personas tienen su cuenta en el banco y su tarjeta, dar por hecho que todas las personas tienen papeles y están en una situación de legalidad como para poder abrirse una cuenta bancaria, dar por hecho que todas las personas saben utilizar adecuadamente estos instrumentos, dar por hecho que internet llega a todas partes y se podrá efectuar cualquier pago hasta en el lugar más recóndito, dar por hecho que no habrá ningún apagón electrónico o hacking a las entidades financieras y de repente todos nos sintamos estúpidos e indefensos. Finalmente, el tercer problema: plantearlo como una solución para recaudar más impuestos y luchar contra la economía sumergida. ¿Y si luchamos antes contra los paraísos fiscales, las sociedades que se inventan personas físicas para evadir, y demás formas semilegales o alegales de pagar menos — y que, precisamente, lleva a la práctica quien más tiene? Pero no, vamos a celebrar que una persona que apenas llega a final de mes tenga que pagar sí o sí al completo sus impuestos. Quizá, por ejemplo, 100 euros, que para el Estado no son nada, y para una familia puede suponer completar el pago del alquiler o que la desahucien, o tener para comida y necesidades básicas. Ningún fraude fiscal es deseable, cierto, aunque sea a pequeña escala, pero todavía lo es menos que se ahonde en la desigualdad: sin dinero en efectivo, la economía sumergida continuará, con criptomonedas y con fórmulas de evasión de impuestos de las que los más ricos sí se seguirán beneficiando.

Por tanto, ambas cuestiones, la tránsfoba y la económica-aporófoba, pueden analizarse desde el mismo prisma: son propuestas preocupantes por lo que en sí mismas conllevaría implantarlas, por la visión del mundo que presuponen y por privilegiar que se eviten ciertas trampas a los derechos de los más vulnerables. Así que esto era la nueva normalidad, esa realidad a medida de las ideas preconcebidas. Y si algo no encaja, se queda fuera. La realidad no es simple, no todo el mundo es y ha sido siempre hombre o mujer, no todo el mundo tiene o sabe usar una tarjeta de crédito. Pero la nueva normalidad parece que es la simplificación de la norma, de la horma, de manera que se vuelve más agresiva de lo que ya era: si encajas en lo normal, bien. Si no, fuera. Ya no es que estés al margen: no existes. Todavía menos que antes.

El virus de lo normal

Imagen: Sergey Zolkin

La semana pasada, Isaac Rosa publicaba este acertado artículo donde desmontaba el hipotético síndrome de la cabaña del que tanto se ha oído hablar últimamente. Por supuesto que no hay ningún síndrome. Lo patológico es el ritmo de vida que buena parte de la sociedad llevaba en los tiempos pre-coronavirus.

Lo que sí me ha llamado la atención, sin embargo, es leer en el artículo y comentarios que, hasta la llegada de este paréntesis obligado, muchas personas no habían podido parar. En algunos casos, ni siquiera habían podido pararse a pensar que su vida estaba lejos de llenarlos -y, en cambio, cerca de acabar con ellos. La alienación y aceleración de otro Rosa, Hartmut Rosa, llevada al extremo. Tan sintomático, tan preocupante: en qué mundo desquiciado vivimos para que mucha gente haya necesitado una pandemia para darse cuenta de que ésa no era la vida que quería. Para que no haya podido parar hasta ahora, reflexionar sobre ello y tratar de cambiarla.

¿Cuántas pandemias, cuántas catástrofes necesitamos para apostar de una vez por todas por el decrecimiento, por el comercio de proximidad, por abandonar el consumismo desaforado? ¿Cuántas pandemias hasta que pensemos, no como un camino utópico sino indispensable, en alternativas al capitalismo, al progreso suicida, a la tecnología deshumanizadora? ¿Cuántas pandemias necesitamos para aproximarnos a la vida que queremos vivir? Norma, en latín, significaba escuadra. Y alguien suele coger esa escuadra y trazar los preceptos, los valores y la vida por nosotros. Alguien mancha el papel con precisión quirúrgica y fija el desenfreno, el disparate a velocidad estratosférica hacia la catástrofe. Y a eso le llamamos normalidad.

Pero la normalidad no debería ser volver a lo mismo, volver a lo que nos digan que es normal, ya sea en la antigua o en la nueva normalidad. Nuestra cabeza y manos no son inútiles y con ellas podríamos ir diseñando una normalidad propia, día a día: con nosotros mismos y nuestro entorno, las personas más próximas. Evidentemente, no siempre es posible decidir, no todos partimos con un papel en blanco: hace falta cubrir las necesidades básicas, hacen falta techo y comida, puede que sobren problemas de salud, y muchas personas se ven abocadas a escoger, entre dos callejones horrendos, el menos malo, el que tal vez pueda conducir a un sucedáneo de salida. Pero, otras veces, seguimos por un camino indeseable por inercia, porque es el de la mayoría, porque siempre se ha hecho así, porque era lo que alguien esperaba de nosotros…

Al menos, contra el virus de la normalidad, de esa normalidad, sí que hay una vacuna: pararse, reflexionar, pensar qué depende de una misma -y qué no-, qué se puede hacer, como individuo, y dentro de la especie, de una especie más del planeta. Permanecer en la rueda de la aceleración y el consumismo, seguir con la destrucción del medio y aferrarse a la entelequia del progreso sólo son síntomas de una sociedad crónicamente enferma.

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