Suceder mejor

Suceder mejor

Jimmy Liao

“Casi nunca suceden cosas”. Esto aparece en las primeras páginas de Sobre héroes y tumbas, en el diario de Bruno. Una frase tan simple, tan anodina en principio. Pero la subrayé. Porque era un eco de lo que con frecuencia resuena en mi cabeza: nunca pasa nada. En la novela de Ernesto Sabato por supuesto que suceden cosas, y la mayoría de personajes -por no decir todos ellos- preferirían no haber vivido ninguna de esas peripecias. Y es que, cuando decimos que nunca ocurre nada, no estamos añorando que lo horrible irrumpa, por muy extraordinario que pudiera ser. Habría que matizar: nunca sucede nada bueno. Al fin y al cabo, quién cambiaría su normalidad insustancial por la tragedia.

Pero siempre hay matices. Y el tedio del no hacer nada con frecuencia desemboca en la frustración. Así que ¿no sería más sensato frustrarse por lo que se ha intentado hacer -y falla o no es posible- que por no atreverse a hacer absolutamente nada? Lo cierto es que, según pasa el tiempo, tenemos más miedo a las consecuencias. A hacernos daño. A hacérselo a los demás. A lo que piensen de nosotros. Etcétera. Algunas personas le llaman a esto madurar. Pero no es más que pudrirse. Una involución que casi todos sufrimos. La coraza del escarabajo se acaba revelando en el frágil disfraz de una oruga. Y cada vez las posibles metamorfosis quedan más lejos. Hace unas semanas, por un determinado motivo, volví a sentir el fracaso. Un fracaso distinto al de los últimos tiempos. En mi diario escribí algo así: estoy acostumbrada a los muros, a saber que están ahí y ya casi no duelen, pero ahora es el dolor de intentar -con total imposibilidad- escalarlo. Fail better. Lo que hice fue fracasar mejor. Fue lo que escribió Samuel Beckett pero me olvidaba. Lo llevo tatuado en mi brazo izquierdo y aun así me olvidaba. Cuando me di cuenta de que ese dolor nuevo me hacía sentir viva, sonreí. Hacer que sucedan cosas. Fracasar mejor. Y es que nunca sucederá nada acomodada en la costumbre de fracasar tan mal.

Por lo demás, suceden cosas, sí. Aunque a veces puedan pasarnos casi desapercibidas. Encuentros inesperados con personas maravillosas. El brillo en los ojos de alguien a quien quieres aunque no puedas tocar. Un perro que celebra alzando el rabo y un ladrido feliz volver a verte. Una bandada de pájaros serigrafiando el cielo. Un anochecer que exhibe la paleta de colores del mundo. Las palabras exactas que irrumpen en el libro que tienes en las manos. Un paseo entre árboles al lado del río. Una canción que horada dentro todos tus diques. Un abrazo. Una carcajada. La hora de dormir y una almohada y el tacto de las sábanas limpias.

Sí suceden cosas, en definitiva. El problema es que tal vez no siempre sucedamos nosotros. Y algo se podrá hacer, ¿no? Fracasar mejor, por supuesto. Pero también: suceder mejor.

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