La serie de moda se llama Greta

La serie de moda se llama Greta

Foto: Anders Hellberg

Tras Juego de tronos, Chernóbil o La casa de papel, ha llegado el relevo. Todos hablan de ella. Unos, los menos, la califican de excepcional, de inteligente, de necesaria. Otros apenas la consideran nimia, risible o anecdótica. Sin embargo, la opinión de la mayoría encaja dentro de un entusiasmo contenido. Me gusta pero. Que las puestas en escena son sobreactuadas, que tienden a lo histriónico. Que el vestuario no está muy cuidado, que parece demasiado infantil. Que le falta algo de humor o ironía. Que a saber qué hay detrás y qué pretenden quienes sean que manejan los hilos. Pero todos tienen algo que opinar —faltaría más, en plena era de la comunicación — y no hay muro o timeline que no hable de ella. Porque nadie resulta indiferente ante Greta, la serie de moda.

En cuanto a mí, lo cierto es que ya empiezo a sentirme igual que Greta Thunberg: profundamente enfadada. Me dan ganas de ponerme a un micrófono y empezar a disparar: “pero vamos a ver, ¿es que Greta es una serie?, ¿es un libro?, ¿es el plato estrella del último restaurante de moda?, ¿es la obra más controvertida de la nueva edición de ARCO y tenemos que debatir si se trata de arte o no?” Como ella diría: how dare you. Porque entonces, si no estamos juzgando una obra o producto, ¿por qué se la evalúa con criterios estéticos? ¿Por qué nos quedamos en la forma? Estoy de acuerdo en el fondo pero. ¿Qué pasa, que lo correcto y lo bien visto es adoptar una actitud hipócrita? ¿Tiene que poner, aunque sea a la fuerza, una sonrisa? ¿O lo que nos falla es que no podemos sexualizarla?

Foto: Anders Hellberg

También es posible que, después de tantas mentiras, ya no sepamos discernir entre realidad y ficción. Ahora que tan de moda se ha puesto hablar del relato, parece que existe una verdad por cada relator. Una verdad personalizable, una verdad a la carta, una verdad vacía. Es decir, un triste holograma. Tal vez es que Thunberg sea anacrónica para la posmodernidad, y haya que desempolvar de los anaqueles a Alain Badiou y su concepto de acontecimiento. La política es, al menos potencialmente, uno de los cuatro prodecimientos de verdad (los otros tres son el amor, el arte y la ciencia). Y no sé con qué ojos se puede juzgar a Greta para no apreciar que en ella hay, efectivamente, verdad. Por lo que conozco sobre el síndrome de Asperger, y conozco bastante, yo la veo a ella, veo por ejemplo su intervención en la ONU, y estoy convencida que no hay nada impostado o falso en su mensaje. Lo que veo es que, en su temblor, en su emoción, está creando un acontecimiento. Pero supongo que éste es un mundo donde la palabra verdad es cada vez más mentira y, si sucede un acontecimiento, la mayoría pasa de largo.

Otra de las príncipales críticas que he escuchado estos días es la de quién estará detrás. Sí, podría estar el magnate Soros, y demás intereses oscuros. De hecho, ya hay certezas turbias, como que el barco en el que viajó se lo patrocinase un banco suizo, BMW y la familia real monegasca. Entiendo que haya quienes decidan hurgar por esa vía; de hecho, a mí también el viaje en velero patrocinado me parece una metedura de pata, por no decir un error. Pero ¿acaso los demás somos perfectos? ¿Acaso yo no me equivoco, no nos equivocamos todos? ¿Puede ser capaz con 16 años de mantener un discurso fundado y coherente sobre el cambio climático y a la vez ser perfectamente consciente de todo lo que se mueve en su entorno? No es una diosa griega, no es una heroína de la mitología ni de Marvel. Es una persona que se equivoca y que es imperfecta como todas, independientemente de cuál sea su edad.

Me da la impresión de que se le escapan muchas cosas, que no es consicente de lo que revolotea a su alrededor. Pero también pienso que quizá prefiera no saber porque lo verdaderamente urgente es la tierra y hacer algo ya, porque incluso ya es tardísimo y no queremos llegar al nunca. No queremos llegar al nunca. Independientemente de quién la apoye o que se puedan aprovechar de ella, lo que dice es indiscutible. Y la emergencia con que lo anuncia también es pertinente. Es urgente que nos concienciemos de lo que está en nuestra mano (reducir el uso de plástico, reducir el consumo de carnes, viajar en avión únicamente si es imprescindible…) y no tan en nuestra mano pero sólo mientras no queramos estirarla. Porque podríamos abrazar opciones políticas que reduzcan el crecimiento ecónomico y tomen medidas efectivas contra el cambio climático. Podríamos presionar a los políticos y grupos de poder. Podríamos hablar. Podríamos no callarnos.

Y si hace falta, pues sí, enfadarnos al modo Greta Thunberg. Aunque no tenga la mejor mirada a cámara, aunque sea un jarro de agua fría a las expectativas del público: su mensaje tiene raíces en las investigaciones científicas y en evidencias que no querríamos que ya lo fueran, como el deshielo de Groenlandia. Tiene raíces en el sentido común. Y su enfado y emotividad son de lo más legítimo ante algo que tanto le importa. Tal vez es que nos hemos olvidado de luchar por lo que nos importa. No lo descartaría. No descartaría que actuemos como avestruces y después como hienas ante lo que no sabemos ser.

Y yo, reconozco, sí querría que hubiera más episodios. Pero quizá no estemos hablando de lo mismo. Por ejemplo, sí querría que llegáramos a los cien episodios de esta temporada. O a la siguiente, a la que bautizaríamos, aun a riesgo de no ser originales, siglo XXII. Pero how dare I, cómo me atrevo. Cómo me atrevo a desear que siga habiendo vida (de todas las especies, y entre ellas la humana) en la tierra, a soñar con algo que no echan en las pantallas. La serie de moda esta semana es Greta, la siguiente será algo de Netflix o HBO, o tal vez la última fanfarronada de Trump o algún otro de sus semejantes. Y seguiremos juzgando el trending topic de turno o lo que echen en primetime. Greta Thunberg y otras personas menos mediáticas que ella seguirán desgañitándose en vano, y our house is on fire y seguirá ardiendo. Pero no pasa nada, que esto está muy interesante y no podemos perdérnoslo. Ya, si eso, en la pausa para la publicidad.

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