Diciembre existe

Anochecer del día de Navidad en 2009

Empieza el mes de diciembre, y con él las listas y balances de este año. Listas de las canciones más escuchadas, listas de los mejores libros, las mejores películas, los mejores momentos. Balances de lo vivido y lo que falta, de lo que tal venga al fin el año próximo. Todo el mundo tiene prisa por despedir a 2021, como si estos treinta y un días de diciembre formaran parte de un limbo que no pertenece a ninguna parte. Queremos cerrar cuanto antes el relato que nos contamos de este año, y no nos gustaría que la noticia ya precocinada, casi terminada de redactar, se vea empañada por una verdad de última hora que pueda emerger en diciembre. Y así a diciembre se le pone siempre el mismo cartel frente a los ojos. El de No molestar.

Mientras tanto, la sociedad sí molesta a diciembre. Lo satura de Navidad, aun muchas semanas antes. Lo satura de una celebración impuesta e impostada, porque, mientras no llegue Nochebuena, lo único que celebran las calles es el consumismo exacerbado. Es la falacia de todo va bien porque ya hemos puesto las lucecitas. Es la farsa de que nuestros deseos están al alcance de una tarjeta de crédito -aunque no siempre la tarjeta de crédito esté tan al alcance-.

Diciembre, por tanto, está henchido de pasado, de mero mes recopilatorio, de reflexión, y está henchido de futuro, de esa huida hacia adelante que protagoniza el monstruo capitalista con disfraz de tierno Papá Noel. Si cada vez es más difícil advertir el presente, aferrarse al ahora en vez de bifurcarse en recuerdos y ensoñaciones, en diciembre la dificultad de la tarea se vuelve asombrosa. “Es diciembre y no abril el mes más cruel, quién se lo iba a negar”, canta, contradiciendo a Eliot y con razón, Nacho Vegas, quien habrá experimentado en primera persona el castigo de haber nacido en este mes ingrato. Los regalos nunca son sólo de cumpleaños, las felicitaciones por cumplir un año más se injertan casi inadvertidas entre los deseos para el año nuevo. No es una buena época para nacer, ni tampoco para morir, como supe cuando mi abuelo murió hace dieciséis diciembres. Si la muerte es siempre molesta, porque recordar nuestra finitud y fragilidad no encaja bien con consumir como si no hubiera un mañana, todavía lo es más cuando las palabras felices y vacías colman los discursos y el champán ya está servido en la mesa.

Así que diciembre existe. Existen en él los hallazgos, las nuevas lecturas o músicas que todavía están por descubrir, existe lo inesperado, lo inefable, lo inconcluso, lo imperfecto. Existe la vida, en definitva. Y existe la luz. No me refiero, precisamente, al derroche obsceno de luces que gastan electricidad en las calles, sino a esa luz frágil, vulnerable, que alumbra de la torpe manera en que puede durante el día. Una luz hecha a base de sombras, oblicua, que acaricia los contornos con más suavidad que nunca. Es la luz hecha espejo, la luz más humana posible, porque está hecha de error, de imperfección, de falta. No deslumbra, sólo acoge. Aunque el desquiciamiento general nos empuje a otras direcciones, sólo por esta luz el mes merece ser vivido. Celebremos estar en él. Feliz 2021 aún, feliz diciembre.

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