La mini rueda de hámster

La mini rueda de hámster

‘El pensador’, Auguste Rodin

Esta semana los niños vuelven a “clase” después de sus “vacaciones”. Tal vez hasta la misma realidad debería estar puesta entre comillas… ¿Es tan urgente que se retomen los temarios, que no pierdan materia, que sigan al pie de la letra el currículo? Buena parte de los profesores son conscientes de que no lo es, pero la fábrica de la educación no se para: unos siguen órdenes de otros sin que se sepa bien quién tiene la potestad de detener la cinta transportadora. Indudablemente sería más provechoso que los niños aprendieran, en esta situación inaudita para todos, a cuidar de los otros, ayudar en casa, refugiarse en la creatividad — escribir, dibujar, lo que sea — , conocer sus emociones, expresar sentimientos. Para paliar las desigualdades familiares, económicas y sociales, algunas pautas serían necesarias, pero no serían falta demasiadas: motivar la lectura y hacer reseñas, o escribir un diario, en las asignaturas de Lengua, leer sobre pandemias y otras situaciones críticas del pasado en Historia… Pero no habría que asignar tareas contingentes y absurdas. Aprender de lo que sucede, aprender a querernos y a cuidarnos, es la mejor — y la única — tarea sensata y posible ahora mismo.

Pero el mundo parece que no puede parar. Son semanas insólitas y sin embargo hay que seguir trabajando. En lo que sea: que el progreso no pare aunque vayamos directos al precipicio. Hay dos motivos por los que parar, parar de verdad, arañar según las circunstancias algo de tiempo y calma, sería verdaderamente necesario. Uno de ellos, precisamente, atañe a la economía: el decrecimiento económico. Que la economía siga funcionando, no importa en qué condiciones de incertidumbre y precariedad, no sería urgente si se comenzaran a pensar en modelos alternativos al capitalismo, y si se empezara a dar a la biosfera y al cambio climático la importancia que requieren. Pero para pensar primero haría falta justo eso: parar.

El otro motivo tiene que ver con la salud. La salud física y mental. Buena parte de la población vive — vivimos — en pisos sin terraza; tampoco tenemos una casa con jardín. La falta de vitamina D, sumada a la merma o ausencia de ejercicio físico, lleva a que nuestro sistema inmunólogico esté inevitablemente más débil. Nos encontramos más débiles frente a cualquier virus o infección que ande por ahí, pero también afecta a nuestra salud mental, ya puesta forzosamente en jaque por la situación que estamos viviendo. Ansiedad, depresión, insomnio, desequilibrios varios… A mí me suceden algunos de estos problemas, a personas cercanas también, a desconocidos que leo en las redes también, y no vamos a ser excepciones. Seguimos realizando trabajos — si tenemos la suerte de conservarlos — no siempre imprescindibles, en general, y en estos tiempos en particular. Pero tenemos que seguir desempeñándolos, sin la salvaguardia de la naturaleza y el deporte, con el miedo en relación con la salud y la incertidumbre económica, sin poder abrazar a muchos seres queridos, o quizás cuidándolos, o llorándolos…

Y en este desquiciamiento estamos. Lo que llamábamos hasta ahora normalidad ya era una locura, y ésta es una locura todavía más grande. Niños, adultos: todos necesitaríamos parar. Parar de eso que externamente alguien decide catalogar como urgente, y volver al fin a lo importante. Cuidar de los otros, demostrar afectos. E incluso volver al dolce far niente, si nuestras coyunturas vitales así lo permitieran. Pero parar.

Como dice Hartmut Rosa en Alienación y aceleración — una lectura recomendable siempre, y por qué no en estos días — , [el hombre moderno] se siente atrapado en una rueda de hámster, su apetito por la vida y el mundo nunca queda satisfecho, [y] se frustra cada vez a mayor escala. Pues las circunstancias han hecho que esa rueda tan conocida para la mayoría de nosotros haya visto reducidas sus dimensiones. Se ha vuelto más asfixiante. Y sin embargo sólo corremos y corremos, sin saber, menos que nunca, hacia dónde. Mientras vemos cómo se nos va quedando cada vez más lejos el sueño de parar.

No somos juncos

No somos juncos

‘Estudio de juncos en Argenteuil’, Claude Monet

A estas alturas, no hay ninguna canción que le pueda discutir a ‘Resistiré’ su posición hegemónica, casi de himno, en estos tiempos de pandemia. Reconozco que no le había prestado demasiada atención hasta que, por curiosidad musical (¿se puede considerar un cover de ‘I will survive’ o no?), la escuché en bucle unas cuantas veces. (La respuesta a la pregunta: no exactamente. La melodía es mucho más similar que la armonía, pues los acordes no van descendiendo por el círculo de quintas.)

Pero el problema de esta canción no es en absoluto la música. Es la letra o, dicho con más precisión, la adecuación de la letra a este contexto histórico. “Resistiré, erguido frente a todo”, se canta desde ventanas y balcones. “Soportaré los golpes y jamás me rendiré”. Unas palabras que, por desgracia, ya no pueden cantar las casi quince mil personas fallecidas hasta el momento (8/4/20) por la COVID-19 en España, ochenta y siete mil en el mundo. Según esta narrativa, se habrían rendido. Una narrativa ya cerrilmente generalizada para otras enfermedades, en especial con el cáncer. Se pierde la batalla. ¿Acaso no se ha luchado lo suficiente? Es un discurso extremadamente perverso. Reducir las enfermedades a una cuestión de voluntad. Responsabilizar a la persona enferma de que no ha puesto suficiente empeño por salir adelante.

Porque no importa cuánto queramos o no resistir, cuando la vida es la otra cara de la muerte. Quien se rompe, quien se muere, no es más débil, no ha perdido ninguna guerra. Vive, y por eso algún día tiene que morirse, y por eso nos moriremos todos. La mentalidad bélica, su metáfora — extendida también a nivel social en esta crisis, y que se analiza muy bien aquí — es, al fin y al cabo, de quien nos quiere piezas del tablero. Pero esto no es Risk. Ni somos fichas de plástico, ni los virus, enfermedades y amenazas son nuestro enemigo. Frente a visiones reduccionistas y maniqueas, donde al coronavirus le toca desempeñar estos días el papel del malo, hace falta tener presente la biosfera, saberla frágil al igual que todos nosotros. Y no olvidar que, a diferencia de otros seres vivos, los humanos contribuimos a destrozar este milagro del que formamos parte.

Resistiré: tal vez. Pero la resistencia está en lo que elegimos hacer, con nuestros límites, con nuestro tiempo ignoto y limitado. No somos juncos. Somos, al igual que el junco, una especie más aquí en la Tierra, que hace — debería hacer — lo que esté en su mano por ella misma y por los seres a su alrededor. Poco más. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta resistir de esta forma.

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