El virus de lo normal

Imagen: Sergey Zolkin

La semana pasada, Isaac Rosa publicaba este acertado artículo donde desmontaba el hipotético síndrome de la cabaña del que tanto se ha oído hablar últimamente. Por supuesto que no hay ningún síndrome. Lo patológico es el ritmo de vida que buena parte de la sociedad llevaba en los tiempos pre-coronavirus.

Lo que sí me ha llamado la atención, sin embargo, es leer en el artículo y comentarios que, hasta la llegada de este paréntesis obligado, muchas personas no habían podido parar. En algunos casos, ni siquiera habían podido pararse a pensar que su vida estaba lejos de llenarlos -y, en cambio, cerca de acabar con ellos. La alienación y aceleración de otro Rosa, Hartmut Rosa, llevada al extremo. Tan sintomático, tan preocupante: en qué mundo desquiciado vivimos para que mucha gente haya necesitado una pandemia para darse cuenta de que ésa no era la vida que quería. Para que no haya podido parar hasta ahora, reflexionar sobre ello y tratar de cambiarla.

¿Cuántas pandemias, cuántas catástrofes necesitamos para apostar de una vez por todas por el decrecimiento, por el comercio de proximidad, por abandonar el consumismo desaforado? ¿Cuántas pandemias hasta que pensemos, no como un camino utópico sino indispensable, en alternativas al capitalismo, al progreso suicida, a la tecnología deshumanizadora? ¿Cuántas pandemias necesitamos para aproximarnos a la vida que queremos vivir? Norma, en latín, significaba escuadra. Y alguien suele coger esa escuadra y trazar los preceptos, los valores y la vida por nosotros. Alguien mancha el papel con precisión quirúrgica y fija el desenfreno, el disparate a velocidad estratosférica hacia la catástrofe. Y a eso le llamamos normalidad.

Pero la normalidad no debería ser volver a lo mismo, volver a lo que nos digan que es normal, ya sea en la antigua o en la nueva normalidad. Nuestra cabeza y manos no son inútiles y con ellas podríamos ir diseñando una normalidad propia, día a día: con nosotros mismos y nuestro entorno, las personas más próximas. Evidentemente, no siempre es posible decidir, no todos partimos con un papel en blanco: hace falta cubrir las necesidades básicas, hacen falta techo y comida, puede que sobren problemas de salud, y muchas personas se ven abocadas a escoger, entre dos callejones horrendos, el menos malo, el que tal vez pueda conducir a un sucedáneo de salida. Pero, otras veces, seguimos por un camino indeseable por inercia, porque es el de la mayoría, porque siempre se ha hecho así, porque era lo que alguien esperaba de nosotros…

Al menos, contra el virus de la normalidad, de esa normalidad, sí que hay una vacuna: pararse, reflexionar, pensar qué depende de una misma -y qué no-, qué se puede hacer, como individuo, y dentro de la especie, de una especie más del planeta. Permanecer en la rueda de la aceleración y el consumismo, seguir con la destrucción del medio y aferrarse a la entelequia del progreso sólo son síntomas de una sociedad crónicamente enferma.

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