Bienvenido, mister Hyde

Si el doctor Jekyll y el señor Hyde tuvieran un equivalente en el tiempo, podrían corresponderse con esos días de octubre previos al cambio de hora. Seis de la tarde: la luz se derrama oblicua, se intuye y se confirma la sombra que hay detrás. Pero la tarde todavía es razonablemente larga, la claridad se apaga despacio, predomina la abundancia, lo suficiente y lo bastante, es aún el amable doctor Jekyll quien está al mando. En cambio, por las mañanas, la noche es tan oscura que hace falta un buen puñado de fe para imaginar que en esa oscuridad está comenzando un día. Es sólo a partir de las nueve cuando se asoma algo de luz, cuando toda una sociedad de topos están llegando o han llegado ya diligentes, obstinados, al trabajo. Es el señor Hyde evidenciando lo más oscuro de las personas. Es, en definitiva, lo que tiene vivir bajo las reglas de un horario de verano -en pleno otoño- de Europa Central -en el extremo occidental del continente-.

Pero la luz, como suele ser habitual, no es nada más que un síntoma. Un síntoma de un tiempo cada vez más desquiciado, de máscaras, mascarillas y dobles morales, un tiempo donde persona ha deshecho sus pasos hasta atrincherarse en lo más hondo de la etimología: la honestidad falta para ver qué hay detrás. Quién se atreve a bajar al sótano, a recorrer la prisión, a mirarle a los ojos a esa noche impertinente, a esa noche que no debería estar ahí.

Por ello nos limitamos a los sueños, a creer que todavía hay algo de verano en esas migajas de luz a las seis de la tarde, esa ilusión de que todavía no hay que afrontar el invierno, esa ilusión de que la farsa puede estirarse. Pero sólo hay una luz engañosa y una noche no asumida. En la inconsciencia, el monstruo crece, y nunca había estado tan alimentado como en esta época. Como dijo Hartmut Rosa, tendemos a olvidarnos de lo que “realmente” queríamos hacer y quiénes “realmente” queríamos ser […], porque nunca encontramos tiempo para ser él o ella. Todos los días hay que atender al trending topic de turno, verter una opinión en la red social preferida, leer y enfadarse con lo que piensan los demás. Ya nos pondremos a recorrer el camino correcto el próximo mes, o el año que viene, o en el septiembre de turno. Nuestro amigo Hyde conoce hasta el milímetro la forma en que procrastinemos, conoce nuestros miedos y los dibuja como el mejor guionista en esas pesadillas nocturnas que se asoman punzantes por la mañana pero se olvidan poco después, conoce el programa de TV intrascendente en que podremos verter al sumidero tanta frustración.

El señor Hyde está ahí, su llegada es siempre inminente, así que tal vez habría que recibirlo con pancartas, al estilo de la célebre Bienvenido, mister Marshall. Es cierto que el monstruo pasará de largo. Pero al menos le habremos puesto nombre. Igual que a esa noche que trepa aún por las mañanas. El invierno no es menos invierno sólo porque no acertemos a nombrarlo.

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