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El juego

El juego

Nunca he pensado demasiado en el futuro. Cuando era niña, no era capaz de imaginarme de adolescente. De adolescente sólo visualizaba una hoja en negro cuando jugaba a esbozar mi vida de adulta. Nunca he tenido, por tanto, demasiadas dotes para pensar en el futuro. Sin embargo, cada vez me atrevo a intentarlo con más frecuencia. Así, me gustaría imaginar un futuro donde los jóvenes en Senegal pudieran pescar en la costa, al igual que lo hicieron sus abuelos y tatarabuelos. Me gustaría imaginar un futuro donde las niñas de Somalia jugaran entre muñecas en lugar de entre rifles. O donde los niños y niñas de Indonesia no fueran a la escuela sorteando lenguas de basura que un día fueron ríos. Me gustaría imaginar estos y otros futuros, pero no consigo ser optimista, por mucho que lo intente. Tampoco es que exista ningún dato -esa micropieza sagrada del mundo actual- que invite a serlo.

Industry. Free-Photos en Pixabay

Pero no importa que existan o no previsiones cuando siempre seguimos hacia delante. Cabalgamos ciegos hacia el abismo mientras el futuro global se desmorona. Cada persona tiene sus problemas de salud, problemas familiares, problemas sentimentales, problemas en el trabajo o por no tenerlo, problemas económicos… Y también tenemos nuestros sueños, cierto. Pero en los sueños de muy pocos está el de salvar al planeta.

Sin embargo, necesitaríamos que más personas tuvieran ese sueño. Necesitaríamos que las televisiones de todo el mundo parasen su programación, y que anunciasen una catástrofe inminente. Necesitaríamos que se corriera la voz de que estamos ante una urgencia y que ésta es nuestra última oportunidad. El último minuto de la prórroga, si esto fuera un juego pero no lo es: son nuestras vidas y las que no son nuestras, las de otros seres vivos que no tienen culpa de nuestra ignorancia, codicia e ineptitud envueltas en barbarie. De nuestras mentiras. Porque hablar de crecimiento sostenible sólo puede ser en términos de estafa.

Y no necesitamos que nos engañen más. Necesitaríamos que fuéramos conscientes de que es el momento de hablar ya de decrecimiento, de hablar ya de límites legales sobre el uso y fabricación de plástico, de hablar ya de proteger y depurar nuestras aguas, hablar ya de que bajo los problemas inmigratorios subyace un apartheid climático en el que, salvo una mínima parte de la población, una mínima pero poderosísima parte de la población, todos somos susceptibles de entrar. Si no estamos ya dentro.

Sería el momento de hablar de ello, de que se reunieran los líderes mundiales en una cumbre de verdad y no en las de vomitar sonrisas, frases hechas y fotos. Sería el momento de que se hablara de nuevos modelos y no de perpetuar bajo distintas máscaras el viejo y vil capitalismo de siempre. Sería el momento de hablar. Ahora que ya es tarde pero aún agoniza nuestro tiempo.

No es un juego y actuar ahora en la prórroga es una tarea extremadamente ardua, cuando, además, la misión es doble: no sólo se trata de luchar por el futuro, sino también por el presente. Actuar ya en presente, porque es nuestra única posibilidad. Actuar por ese pasado que dejamos pasar mientras otros jugaban, sin oposición, a exterminar la vida.

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