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Síntoma de agosto

Síntoma de agosto

Amanecer de agosto. Kioto, 2018.

Probablemente, estos días me estaría dedicando a escribir el siguiente poema si no fuera porque ya lo escribí hace hoy tres años. Se titula “Síntoma de agosto”. Aunque bien podría haberse llamado “Síntoma de finales de julio”.

El invierno a sí mismo se adelanta.
En agosto. Cuando aún los calendarios
proclaman días largos y remansos de solsticio.

Pero el invierno, en sigilo, madruga.

Se levanta temprano, con el verano a medias,
y asoma una migaja de noche tierra adentro.
La mañana bosteza, se despoja
 — sólo con lentitud — de la neblina.
Comienza, un día, el día por cuestionar el sol
y ya un rayo no llega: apenas la promesa
de una sombra más larga.

Tantas veces el frío nació en forma de duda.

Poco a poco los pájaros ahogan sus melodías.
La luz, aunque amanece, se bate en retirada.

De Lenguaje ensamblador (Renacimiento, 2019).

A estas alturas del año, en Galicia, con un desfase de más de dos horas y media respecto a la hora solar, las tardes tienen una duración suficiente. Sigue siendo esa luz barroca en cada atardecer, demorando su marcha hasta más tarde de las diez de la noche, imprimiendo en el cielo un día más toda su desmesura y exceso.

Sin embargo, por las mañanas, un inequívoco declive ya ha comenzado. A las siete es ya otra vez completamente de noche, y volverá a serlo hasta la llegada —en teoría, tan lejos — del mes de mayo. Amanece despacio, entre la niebla o con nubes. El rastro del verano sólo se intuye con la mañana avanzada. Hay un mensaje claro: el invierno ya está afinando su garganta; las notas que pronuncia, con voz suave, acompañan a esa luz poco a poco marchita.

En todo caso, se trata de una sensación ambivalente. La mengua de luz es, al fin y al cabo, un recordatorio de la vida. La luz, con su progresiva tenuidad, escenifica la decadencia, la pérdida. Funciona como un espejo nuestro, como una infalible compañera de viaje. Tiende la mano. Y algo se encoje en nosotros si nos damos cuenta de que la luz ya no es la misma que la de hace un mes, incluso una semana. Una punzada análoga, pero menos severa que la de observar el envejecimiento en los demás. Una cana, una arruga, un movimiento ligeramente más cansado. Día tras día. No importa que no siempre juzguemos. Cuando lo hacemos, duele. Sobre todo si lo advertimos en las personas a las que queremos. Y porque también somos nosotros. Todos somos a la vez cuerpo y espejo de una pareja decrepitud.

Faltan meses para que llegue el discurso de la primavera, tan necesario. Ese que nos recordará que la vida — siempre que no nos carguemos el planeta, que por ahora es adonde nos dirigimos — seguirá ahí, a pesar de todo. Asistimos a la primavera como al nacimiento de un bebé, como contemplamos la vitalidad e ingenuidad de los niños. Son contrastes que confirman un relato eficaz, que nos reconforta aunque no se trate más que de un espejismo. Que nos reconforma, al menos, hasta ese momento que tan brillantemente recoge Andrés Neuman en forma de endecasílabo: “cuando las hojas vuelvan y yo no”.

No puede obviarse: siempre habrá una primera primavera que no conoceremos. Mientras tanto, esa estación, junto con parte del verano, seguirá jugando a ser el contrapunto del resto del tiempo, que es el predominante. La caída de los días, la fragilidad de la luz, nos entumece en buena medida la esperanza, pero a la vez nos hace sentirnos reconocidos. Igual que podemos reconocernos en el entusiasmo fútil de un perro que va una y otra vez a por la bola, en la fragilidad de los saltos de un gorrión o en los pasos torpes de un pingüino. Una caída continua en la que buscamos una mano, literal o metafórica, para que en ese caer acompañe a la nuestra.

Porque, a pesar de las aflicciones, de las inevitables melancolía y decrepitud, prevalece en nosotros la necesidad de los vínculos, la necesidad de comprender. Por muy ajenos que podamos sentir los movimientos de translación y rotación de la Tierra, el síntoma de agosto es también nuestro síntoma. Y es nuestra esa sed de empatía que incluso nos lleva a beber con los ojos la luz.

Esa parte donde nunca nos abrazan

Esa parte donde nunca nos abrazan

‘Exposición’ (2010), escultura de Antony Gormley. Fotografía de Herman Verheij.

En los últimos meses me han sucedido bastantes cosas. Entre ellas, he hecho varios viajes. He publicado dos libros y he terminado un grado. Ha habido momentos difíciles y momentos gratificantes. Sin embargo, uno de los pocos que realmente puedo considerar un acontecimiento (sí, incluso en sentido Badiou) fue haber puesto nombre y cara a un profesor del conservatorio 17 años después. Ni siquiera me daba clase: era profesor de violín, y sólo coincidía con él, además de en los pasillos, en los ensayos de la pieza en la que acompañaba al piano a otra alumna, y que tocaríamos a final de curso. A lo largo de este tiempo he tenido grabadas sus manos en el piano, de aquellas veces en que me indicaba matices de interpretación en lo que yo tocaba. Por supuesto, sus manos en el violín. La silueta de su cuerpo con el instrumento, delante de la ventana, a contraluz. E imaginé en el rostro rasgos eslavos: aquella niña de 11 años que era yo supuso que su acento extranjero procedía de Rusia.

De ahí que, años más tarde, dos personajes rusos de mis cuentos (Serguéi, bajista en “Detour ahead”; Iván, violinista en “Nieve”) se inspirasen en buena parte en él. Pero también en mi cabeza todo era ficción, un recuerdo cada vez más vago y la nostalgia más profunda, hasta que, como adelantaba, lo encontré hace unos meses, buceando por Internet. Al final, resultó que no era ruso, sino de otro país de Europa del Este, y su cara en mi memoria tenía poco que ver con la realidad. No importaba. El misterio se había terminado. Ese cajón desordenado que no podía abrir ya funcionaba igual que el resto. Probablemente, ya no necesite escribir más relatos de músicos rusos ahora que he dado forma a esta minucia de realidad.

Una minucia, sí. Soy consciente. ¿Alguien sabía de mi fascinación por aquel profesor extranjero? A este nivel de detalle, nadie. ¿Le importa a alguien? Probablemente, tampoco. Al menos no demasiado. Pero sí funciona como ejemplo. Como ejemplo de esa partes de nosotros mismos que no se llegan a conocer apenas. Somos para los demás relatos parciales. Coherentes, aparentemente terminados. Salvo por unas páginas que permanecen en blanco siempre. Y que decidimos no manchar con tinta porque somos conscientes de que no le interesan a nadie, o que, tal vez, podrían perjudicarnos, si es que contradicen alguna de esas imágenes que nos vestimos como traje según la ocasión.

En realidad, no conocemos a nadie totalmente. Como tampoco sabemos con certeza qué había antes del Big Bang, o si existiremos de alguna forma tras la muerte. Cuántos asuntos se nos escapan, de manera inevitable. Entre ellas, la profundidad de las personas, esa función exponencial: llegado a un punto de conocimiento, supera con creces el eje donde podemos representarla. «Hay una parte donde nunca nos abrazan. Aunque nos quieran muchísimo. Esa parte está ahí, esa pena. Y nadie llega a tocarla nunca», dice uno de los personajes de Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Nadie llega a esa parte, incluso a nosotros mismos nos cuesta llegar. Las proyecciones que los demás conocen son mucho más coherentes y más limpias que lo que pueda haber ahí dentro. No siempre se está dispuesto al ejercicio de escarbar entre el polvo, escarbar en lo más íntimo y tratar de poner algo de luz y palabras.

Sin embargo, con las sociedades cada vez más abocadas a una continua vigilancia, la tendencia será a que nos vayamos volviendo transparentes a la fuerza. La sociedad de la transparencia, como dice el título de Byung-Chul Han. Para ello, existen, claro, dos vías: que terminemos exponiendo lo que no queríamos mostrar a nadie o casi nadie — y menos a una abstracción o ente desconocidos — o que acallemos esa parte más oscura, disruptiva, que tenemos, y que nos limitemos a ser lo que se espera de nosotros. No sólo en las acciones sino también en el pensamiento. No es una predicción exagerada: por ejemplo, en algunos colegios de China ya sucede, y esos alumnos temen sentirse aburridos unos segundos en clase por los efectos que pueda tener en su expediente. En todos los casos, se trata de coacción, de violencia. De empobrecimiento, también. Como dice Tanizaki en su ensayo más famoso, “la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”. También las personas necesitamos esos oasis de sombras para brillar.

No queda mucho para que 1984, la novela distópica de Orwell, se haya convertido por aspectos como el de la hipervigilancia en una obra realista. En nuestra mano queda disfrutar y defender ese reducto de intimidad mientras sea posible. Ahí, en esa oscuridad que difícilmente sabemos traducir en palabras, en ese lugar donde no siempre nos reconocemos en el espejo, en esa parte donde nunca nos abrazan, se encuentran los cimientos de toda forma de libertad. No nos conoceremos nunca del todo, cierto, pero somos libres y confiamos en los demás: pensamientos para una vida que aspire a lo humano.

El juego

El juego

Nunca he pensado demasiado en el futuro. Cuando era niña, no era capaz de imaginarme de adolescente. De adolescente sólo visualizaba una hoja en negro cuando jugaba a esbozar mi vida de adulta. Nunca he tenido, por tanto, demasiadas dotes para pensar en el futuro. Sin embargo, cada vez me atrevo a intentarlo con más frecuencia. Así, me gustaría imaginar un futuro donde los jóvenes en Senegal pudieran pescar en la costa, al igual que lo hicieron sus abuelos y tatarabuelos. Me gustaría imaginar un futuro donde las niñas de Somalia jugaran entre muñecas en lugar de entre rifles. O donde los niños y niñas de Indonesia no fueran a la escuela sorteando lenguas de basura que un día fueron ríos. Me gustaría imaginar estos y otros futuros, pero no consigo ser optimista, por mucho que lo intente. Tampoco es que exista ningún dato -esa micropieza sagrada del mundo actual- que invite a serlo.

Industry. Free-Photos en Pixabay

Pero no importa que existan o no previsiones cuando siempre seguimos hacia delante. Cabalgamos ciegos hacia el abismo mientras el futuro global se desmorona. Cada persona tiene sus problemas de salud, problemas familiares, problemas sentimentales, problemas en el trabajo o por no tenerlo, problemas económicos… Y también tenemos nuestros sueños, cierto. Pero en los sueños de muy pocos está el de salvar al planeta.

Sin embargo, necesitaríamos que más personas tuvieran ese sueño. Necesitaríamos que las televisiones de todo el mundo parasen su programación, y que anunciasen una catástrofe inminente. Necesitaríamos que se corriera la voz de que estamos ante una urgencia y que ésta es nuestra última oportunidad. El último minuto de la prórroga, si esto fuera un juego pero no lo es: son nuestras vidas y las que no son nuestras, las de otros seres vivos que no tienen culpa de nuestra ignorancia, codicia e ineptitud envueltas en barbarie. De nuestras mentiras. Porque hablar de crecimiento sostenible sólo puede ser en términos de estafa.

Y no necesitamos que nos engañen más. Necesitaríamos que fuéramos conscientes de que es el momento de hablar ya de decrecimiento, de hablar ya de límites legales sobre el uso y fabricación de plástico, de hablar ya de proteger y depurar nuestras aguas, hablar ya de que bajo los problemas inmigratorios subyace un apartheid climático en el que, salvo una mínima parte de la población, una mínima pero poderosísima parte de la población, todos somos susceptibles de entrar. Si no estamos ya dentro.

Sería el momento de hablar de ello, de que se reunieran los líderes mundiales en una cumbre de verdad y no en las de vomitar sonrisas, frases hechas y fotos. Sería el momento de que se hablara de nuevos modelos y no de perpetuar bajo distintas máscaras el viejo y vil capitalismo de siempre. Sería el momento de hablar. Ahora que ya es tarde pero aún agoniza nuestro tiempo.

No es un juego y actuar ahora en la prórroga es una tarea extremadamente ardua, cuando, además, la misión es doble: no sólo se trata de luchar por el futuro, sino también por el presente. Actuar ya en presente, porque es nuestra única posibilidad. Actuar por ese pasado que dejamos pasar mientras otros jugaban, sin oposición, a exterminar la vida.

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